domingo, 18 de julio de 2010

EL MUNDIAL SEGUN BAYLY

Deliciosa cronica total de la opinion de Jaime Bayly respecto al mundial de futbol, uno de sus deportes favoritos...

chu.

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El mundial
Autor: Jaime Bayly
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Blatter con su chalina blanca: suizo mafioso, caimán veterano, seguro que algún nativo ya le hizo el waka-waka. El arquero mexicano, ese enano rechoncho, ¿mide más de un metro? ¿Trabaja en un circo? ¿Es mimo? ¿O es sicario del cártel de Sinaloa? Las pelotas que cabeceó la mula correntina de Franco tuvieron que ir a buscarlas al lago Tanganica, entre el Congo, Zambia y Tanzania. Ese Aguirre, el entrenador, qué mala cara tiene, parece villano de una novela de Televisa, debe tener un aliento jodido a la pura enchilada. Malos los mexicanos, peores que los peruanos. Malos también los sudafricanos, pero al menos esos negros corren como motos robadas. Saca el arquero y ya hay dos motos morenas silbando el viento cual balas perdidas. Cómo corren esos negros, joder, a veces corren tan rápido que se olvidan de la pelota y siguen corriendo hasta afuera del estadio, hasta llegar a su casa y comer algo recalentado. Mi papá decía que corren así de rápido porque de chiquitos si no corrían se los comían los leones. Yo si fuera sudafricano no hubiera cumplido cinco años, me comía un león seguro.

VIERNES, DOS
Francia no es un equipo, es un hombre, Ribéry. Ribéry no es un hombre, es una criatura contrahecha, una cara en la que están dibujados los crímenes más abyectos de la historia humana. Su cara es un museo de la maldad y el terror. Esa cara pudo pintarla Picasso imaginando a los verdugos más sanguinarios del siglo. En su cara, como en el Guernica, hay gente que agoniza, madres que lloran con sus hijos muertos, la suma del sufrimiento humano. Esa cicatriz que rasga su rostro terrorífico es como un río en el que flotan cadáveres guillotinados. Sus ojos torvos resumen toda la miseria, todo lo que es y será innoble. Francia tiene entonces una estrategia simple: Ribéry te arrima esa cara espeluznante, te muestra el espantajo, te recuerda que será tu verdugo y que tu cuerpo mutilado flotará en su cicatriz pérfida y hedionda, y no hay rival que no salga corriendo espantado, chillando de miedo, presa del pánico, del pavor, de la demencia. Ribéry no juega exactamente con los pies, juega a sabiendas con la cara: te empuja la cara, te obliga a mirarla, y entonces los defensores, que son humanos al fin, flaquean, tiemblan, desmayan, sienten arcadas, huyen despavoridos. Por eso ha sido un mérito inhumano que los uruguayos planten cara a ese esperpento inhumano.

VIERNES, TRES
Soy argentino desde niño, argentino nacido en Lima pero argentino por elección inexplicable (como suelen ser inexplicables las pasiones), soy argentino desde que me decían el Beto Alonso en los recreos del colegio (o era yo quien me decía el Beto Alonso sin ser zurdo siquiera), soy argentino desde que cantaba el himno argentino en el mundial del 78. Todos los mundiales voy a muerte por Argentina y este mundial más todavía porque mi chico es argentino. Mi chico no es futbolero pero ama a Forlán o se calienta con él. Yo prefiero a Diego Lugano.

SÁBADO, CUATRO
No es justo que nos obliguen a despertar a las ocho de la mañana un sábado para ver a Argentina. Es un crimen contra los derechos humanos, Blatter debería ir preso. Lagrimeo cursilón cuando cantan el himno argentino. Breves apuntes del juego: Romero, impecable, bien con los puños; Jonás, perdido, le ganaron siempre la espalda; Samuel, con altibajos, un par de errores gruesos, no acaba de dar confianza; Demichelis, el mejor atrás; el ruso Heinze, el gol lo redime de su natural condición de tronco añoso y cirujano sin anestesia; Mascherano, no lo sentí en su punto más alto, no guapeó como se esperaba; Verón, lento, perdiendo muchas pelotas, le frena salida rápida al equipo; Tevez, una sombra, enredado, peleado con la pelota, ¿qué espera Maradona para poner a Milito, que está tocado por la gracia?; De María, pálido, ausente, no engancha bien con Heinze y no hay salida por la izquierda; Higuaín, si quiere ser titular en vez de Milito no puede comerse el gol que falló a pase de Messi, imperdonable; Messi, el mejor de todos con mucha diferencia, la suma de todos no alcanza siquiera a la mitad de mini Messi: brillante, genial, atrevido, debió irse con tres goles pero se encontró con un arquero colosal. Maldito arquero nigeriano, Messi mereció tres goles y se los robaste, cabrón. Era el verdadero Hombre Araña y llegaba allá arriba, al ángulo virgen de la portería donde los arácnidos tejen sus telarañas. Qué pedazo de arquero, malaya su madre: debe de haber matado jaguares y panteras con sus manos infinitas y entonces Messi le parecía un ratón, un pericote, y cómo diantres ese diminuto roedor zigzagueante iba a meterle miedo a ese tremendo moreno que habrá matado cocodrilos, tigres de bengala y soldados ingleses cuando Nigeria era colonia. Yo si fuera Maradona haría tres cosas: 1) Vender el perro que le mordió la cara y le dejó una cicatriz que lo obliga a usar barba, 2) No vestir los trajes de alta costura que le compran sus hijas, y 3) Sacar a Tevez y poner a Milito desde el primer minuto y decirle a Verón que las tire largas para atacar de sorpresa con los piques de Milito e Higuaín, que para eso son buenos, para ganar el pelotazo largo y definir sin compasión. Messi es el mejor del mundo pero necesita a un Xavi, a un Iniesta, a un socio astuto para urdir sus conspiraciones. Yo probaría quitando a Di María y poniendo al Kun, que, además, es yerno del entrenador y la familia va primero. Puede que el equipo se vaya afianzando en los próximos partidos. Hoy me dio la impresión de que Argentina es el genio de Messi y diez más que lo acompañan, deshilvanados, muy por debajo de su nivel. Hay un genio, no hay un equipo todavía, ¿bastará con el genio para ganar el mundial?

SÁBADO, CINCO
Si Mr. Green es el mejor arquero inglés de todos los que Capello podía elegir, entonces los ingleses están jodidos. A Mr. Green con sus manos mantecosas, Messi le hace tres o cuatro goles. Pero si Mr. Green no es el mejor arquero inglés de los que Capello podía disponer, y habiendo mejores puso a Mr. Green para que se mandara la gran cagada en el debut, entonces Capello no es el gran entrenador que dicen que es. Con Mr. Green en el arco, los ingleses están hundidos en el fango. Pero claro: los mejores arqueros de la liga inglesa son holandeses (Van der Saar), españoles (Almunia, Reina), checos (Cech), norteamericanos (Howard). A Mr. Green habría que darle un consejo que solía decir Pocho en la radio: “Le voy a pedir un favor, las que van afuera, déjelas salir, no las meta”.

SÁBADO, SEIS
Si Argentina campeona en su grupo, debería llegar a la final pasando por Francia o Uruguay (menuda tarea), Alemania (la venganza será terrible) e Inglaterra (el honor en juego). No será fácil, pero Messi solo es capaz de la hazaña. En la final, creo que se encontrará con Brasil o España. Si España se deshace de Brasil en semifinales o antes, la final será Argentina con España, Messi contra sus maestros. Aunque la sorpresa no la veo todavía, siempre hay una, y puede ser Holanda o Dinamarca. Si la final es Argentina con España, campeona España; y si es Argentina con Brasil, campeona Argentina. Si campeona Brasil, me corto un huevo. Sépanlo: Dunga y sus pupilos son mis enemigos y todos los que jueguen contra ellos (incluso los norcoreanos con sus botines de uranio enriquecido), mis aliados.

DOMINGO, SIETE
Impecable el juez argentino, cordobés, Héctor Baldassi, al cobrar penal para Ghana. Fue mano clara y deliberada del serbio. Los serbios han sido muy malos, fueron aliados nazis, luego cuando se desmembró la Yugoslavia de Tito los genocidas serbios mataron a miles de croatas y albaneses en una operación de “limpieza étnica”. Menudos cabrones estos serbios, bien que perdieran en su debut. Ghana surgió a mediados del siglo pasado de dos colonias inglesas y del imperio Ashanti y en el siglo XIX los ingleses esclavizaron a los pobres morenos y diezmaron la población de tres millones a casi ninguno. Mi corazón estaba con Ghana. No deja de ser curioso, sin embargo, que el entrenador de Ghana sea un serbio de muy mala cara, Milovan Rajevac, blanco por supuesto (que lo investiguen). Lo mismo que es blanco, sueco, Lars Lagerback, el entrenador de Nigeria. Lo mismo que es blanco, sueco, el entrenador de Costa de Marfil, Sven Goran Ericsson. Lo mismo que es blanco, francés, el entrenador de Camerún, Paul Le Guen. Cuatro ex colonias africanas negras eligen seguir siendo colonizadas mentalmente por blancos europeos. (Solo los argelinos tienen a un técnico de ese país, Rabah Saádane).

DOMINGO, OCHO
Alemania tiene una selección formidable o Australia es un mamarracho. Pareció lo primero, pero puede que sea lo segundo. Si Australia ponía a once mastodontes de su selección de rugby con la consigna de patear menos a la pelota que a los alemanes, con suerte empataba. Con los alemanes no se juega. Es una guerra. Hay que machacarlos o te machacan ellos. No son neonazis los que juegan (son nietos de nazis, supongo), pero tienen un gen nazi perdido por ahí y por eso son depredadores y siempre quieren un gol más, gasearte a goles. Para los alemanes el fútbol no es un juego, una fiesta, el waka-waka: es la tercera guerra mundial.

El mundial (2)
Autor: Jaime Bayly
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En Dinamarca, monarquía admirable, la ley permite lo justo: que dos hombres se casen. Número 3 de la selección danesa de fútbol, rubito Simon Kjaer, ¿quieres casarte conmigo? Desde que se retiraron los Laudrup, no pasa nada con los daneses. Holanda insinuó que sabe de fútbol, pero con Holanda siempre es igual: insinúa y al final no concreta. Si fuera mujer, sería lo que ordinariamente se conoce como una selección “calientahuevos”.

LUNES, DOS
¿Por qué tantos japoneses se pintan el pelo de un rubio chapucero, inverosímil? ¿Quieren parecer menos japoneses, levemente occidentales? ¿Les da vergüenza la historia genocida del Imperio del Gran Japón contra los chinos, mongoles y coreanos y la felonía de Pearl Harbor? ¿Por qué corren tan deprisa como jugándose la vida? Hay en los nipones una actitud Mishima, kamikaze, de jugarse la vida por el honor. Téngase en cuenta que los japoneses, al tiempo que juegan fútbol, miran de soslayo hacia arriba. No es casual. Es el único archipiélago del planeta donde cayeron dos bombas atómicas. No ha de ser fácil jugar bajo tal estrés.

MARTES, TRES
Brasil tiene un equipo anal. Padece de retención anal. No evacua. Juega como estreñido. Por eso hizo apenas dos goles. Uno lo hizo Maicon, que si se apellidase Maicón ya daría igual que fuese marica. El otro lo hizo El Ano. Recuerdo cuando el locutor dijo: “Brillante gol de El Ano”. Pensé: ¿puede hacerse un gol con el ano mismo? El mejor Brasil surge del entendimiento entre El Ano y Luis Fabi Ano. En cuanto al arquero norcoreano, jugó como el ano y tapó como un maicón.

MARTES, CUATRO
Definición de Narcisismo en el Diccionario de la Real Academia Española: Cristiano Ronaldo, en foto con calzoncillo Armani. Si las leyes portuguesas permiten las bodas homosexuales, deberían permitir también las bodas narcisistas, de modo que Cristiano Ronaldo se case consigo mismo.

MIÉRCOLES, CINCO
Definición de Loco Obeso Genial en el Diccionario de la RAE: Marcelo Bielsa. Bielsa no es un entrenador, es un hipnotizador. Sus pupilos juegan tal y exactamente como él les ha ordenado en previa sesión de hipnosis. Consigue entonces no un equipo de humanos falibles, sino uno de robots. Jugar contra Chile es como jugar contra la versión más avanzada de Play Station. Como todo nace y se desarrolla en la cabeza descomunal de Bielsa y el juego de sus muchachos es solo la prolongación de lo que el rosarino delira afiebrado, la cabeza de Bielsa crece varios centímetros de diámetro durante el partido. Deberían medirla antes y después del juego.

MIÉRCOLES, SEIS
España-Suiza. No lo vi. Dormía. Pero con toda la simpatía que siento por los españoles, no les vendrá mal este baño de humildad. Ya se sentían campeones y ahora tendrán que esmerarse para no quedar fuera en la primera ronda. Más vale que hoy le hagan seis goles a Honduras para que recuperen la confianza. Pero esos morenos hondureños (que son los que le dieron el golpe a Zelaya) son gigantes y comen rara vez y si el Niño Torres se descuida lo hacen anticucho y se lo comen crudo.

MIÉRCOLES, SIETE
Grande Uruguay. Grandísimo Forlán. Mis respetos, maestro Washington Tavárez (mejor que te llamen Washington a Lenin o Stalin). Forlán tiene una relación orgásmica con el gol. En la portería contraria, imagina la matriz vaginal de su novia argentina Zaira Nara, vedette de un culo poético. Forlán, cuando patea desde toda dirección y con toda potencia, no quiere hacer un gol, quiere penetrar a Zaira Nara, quiere venirse en ella. Forlán es la lujuria hecha fútbol, un adicto al orgasmo del gol. Si Forlán juega en la cama como jugó contra los sudafricanos, Zaira Nara debe ser la mujer más feliz del mundo (sin contar a su hermana Wanda, casada con el futbolista argentino Maxi López, otro libidinoso insaciable del gol). Que no me vengan después con la memez de que es bueno para los futbolistas no tener sexo.

JUEVES, OCHO
Vamos Argentina todavía. Lució menos Messi, lució más el equipo. Me gustó el Kun. Se entiende de memoria con La Pulga. Debe ser titular. Tevez le pone garra pero no acaricia la pelota, le deja cicatrices atroces como aquella que parte su cara. Demichelis, papá, ¿en qué carajo estabas pensando cuando el norcoreano te robó la pelota? Mucha peluquería, mucha colita con extensiones, mucha sesión de fotos en Caras, Gente, Paparazzi y Pronto. Dejate de joder, Demichelis, no te pueden hacer un gol así. Y para colmo, los que lo gritaron en la tribuna no eran norcoreanos sino actores chinos contratados como extras. Insisto: Verón juega mejor en la banca; el Kun debe arrancar en lugar de Tevez; es injusto que no juegue Milito. Maradona, si campeonas, ¿de veras nos vas a mostrar el maní y los guindones en el obelisco?

JUEVES, NUEVE
Como el mero culo los franceses. No dan pie con bola. Y a su entrenador no se le mueve un pelo, le da todo igual, es el cinismo personificado. Ribéry quiso espantar a los mexicanos con su cara espeluznante, pero los mexicanos son mucho más feos y por eso Ribéry se empequeñeció, se asustó, nunca había visto a once más horrendos que él. Porque los mexicanos son feos y con chili bien picante. Desde el arquero hasta el tal Cuauthémoc, son feos como una patada en los genitales, feos como un enema con vuvuzuela. Por eso perdió Francia. Porque lo que parecía imposible ocurrió: que Ribéry con su cara terrorífica no asustara al equipo rival y pareciera Paris Hilton al lado de la bestial fealdad mexicana. Por lo demás, el gol fue offside y el penal no fue penal. Pero que se jodan los franceses por arrogantes y por clasificar al mundial haciendo trampa con la mano descarada de Henry.

VIERNES, DIEZ
¿Problemas de sueño? ¿Insomnio pertinaz? ¿Angustia, estrés, pérdida del cabello? Vea Inglaterra-Argelia y todos sus males quedarán curados. Es una terapia de relajación insuperable. En diez minutos queda profundamente dormido.

SÁBADO, ONCE
Aunque Holanda no impresiona, gana sin dificultad. Los holandeses se divierten jugando al fútbol. Les interesa ganar, pero prefieren pasarla bien, preservar un cierto espíritu risueño, tocar en plan pichanguita. Holanda es como un equipo jugando en el recreo del colegio. Meten vicio. A veces también meten goles, pero la prioridad es meter vicio, hacer diabluras, insolencias estéticas, cagarse de risa en pleno mundial. Son tan hueveros que por eso nunca ganan el mundial, pero es un placer verlos jugar. Y tienen a dos cañoneros, Sneijder y Robben, que le pegan a la pelota honrando esa noble tradición holandesa: a cuarenta metros del arco disparan un misil teledirigido que le rompe las manos al portero (en este caso, al japonés que quedó manco con el obús de Sneijder).

SÁBADO, DOCE
Estoy con los daneses porque fui feliz en Copenhague y porque mi novio es el número 3, Kjaer. Dicho lo cual, y dejando a un lado las pasiones, Dinamarca parece un equipo de leñadores o de cuáqueros o actores porno. Son espigados, corpulentos, apuestos, infatigables, pero tienen una relación sádica con la pelota: la tratan mal, la torturan, no la acarician, no saben controlarla, pisarla, amansarla. Los daneses hablan su idioma áspero y la pelota no los entiende y cuando juegan da la impresión de que necesitan un traductor para que se entiendan con el balón ferozmente maltratado. Nada de lo cual rebaja mi turbia pasión por el número 3 danés, Simon Kjaer, rubito que algún día serás mío.

DOMINGO, TRECE
Perplejidad general: ¿cómo pueden jugar Eslovenia y Eslovaquia el mismo mundial? Eslovenia es república independiente que se emancipó del yugo de Tito en 1991. Es un país despoblado, dos millones de habitantes mayoritariamente católicos. Son, digamos, ex yugoslavos. Eslovaquia, que perdió ayer contra Paraguay, se inauguró como república el 1 de enero de 1993, partiéndose de la antigua Checoslovaquia, que quedó escindida entre la República Checa (que no está en el mundial) y Eslovaquia (que está con un pie afuera, a menos que consiga la proeza de ganarle a Italia). Eslovaquia tiene más de cinco millones de habitantes, el doble que Eslovenia, y la mayoría son católicos ex checos. Paraguay ganó con toda justicia a Eslovaquia. Bien por Martino, un entrenador de la talla de Bielsa (ambos argentinos). De momento, parece bastante probable que de los 32 (muchos) seleccionados que juegan el mundial, clasifiquen a octavos de final no pocos equipos americanos: Uruguay, México (con un empate aseguran el boleto a octavos); Argentina (aun perdiendo con Grecia debería clasificar y no creo que pierda); quizá Estados Unidos (le basta ganarle a Argelia); Paraguay (le toca Nueva Zelanda, el más vulnerable del grupo), Brasil y Chile (qué promesa de gran partido es Chile-España). Si América consigue meter a siete selecciones entre las 16 mejores del mundial, la FIFA debería repensar las cuotas por regiones. África ha sido un fracaso y Oceanía juega de mantequilla.

DOMINGO, CATORCE
Italia, siempre Italia. Italia en la primera fase agoniza, está en coma profunda, parece que va a morir. Pero si consigue clasificar a duras penas y dando lástima, luego es otra Italia que se agiganta y apasiona y por ahí llega a la final y campeona. Lo cierto es que, con un poco de mala suerte, podrían irse a casa Francia (si uruguayos y mexicanos amarran un empate); Italia (si Eslovaquia le gana); Alemania (si pierde con Ghana y Serbia suma seis al ganarle al más flojito, Australia); Inglaterra (si pierde o incluso empata con Eslovenia) y España (si, aun ganándole a Honduras, empata con Chile, se queda con cuatro puntos y Suiza le gana a Honduras y hace seis y Chile le gana Suiza y hace siete). No es del todo improbable que esos cinco colosos europeos queden fuera en la primera fase. Mi pronóstico: de esos cinco, al menos dos caen en la primera ronda. Qué fracaso sería para Europa que en primera rueda queden fuera Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y España, y no es improbable que ello ocurra, los cinco están en graves apuros y los cinco necesitan desesperadamente ganar.

DOMINGO, QUINCE
Brasil y Argentina han sido las dos mejores selecciones en lo que va del mundial. Brasil guarda más equilibrio y es mesuradamente eficaz aunque sin grandes destellos. Argentina se permite altibajos, pero cuando está inspirada (y su inspiración ya no solo depende de Messi sino también del Kun) ha producido el mejor fútbol del campeonato. Mantengo mi pronóstico: la final será Argentina contra Brasil, gana Argentina, Diego nos muestra el maní y los guindones ajados en el obelisco, los Kirchner se quedan cuatro años más.

El mundial (3)
Autor: Jaime Bayly
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Cómo juegan de bien los holandeses cuando quieren jugar condenadamente bien. Qué formidable gol urdieron los magos de los países bajos para demoler a Camerún y clasificar con nueve puntos. Creo que no he visto un gol más lujoso en este mundial: pase largo de cachetada de Sneijder al pelado Robben, reloj de Robben buscando el perfil para disparar el obús, zurdazo seco y chanfleado de Robben al ángulo imposible, rebote en el palo y el pescador Huntelaar la mete porque hasta yo la metía. Pero fue medio gol de Sneijder por ese pase prodigioso y medio gol de Robben por ese disparo fulminante y esquinado. Ya va siendo hora de que Holanda sea campeón.

JUEVES, DOS
Bielsa debe de ser el mejor entrenador del mundo. Es un intelectual del fútbol o un vicioso del fútbol o un hombre que no tiene sesos y neuronas sino un balón de fútbol dentro de la corteza cerebral. Debe de haber visto quinientos videos de España antes del partido. Consiguió una proeza que parecía imposible: durante la primera media hora, Chile prevaleció en el juego, neutralizó los afanes españoles y, a base de un rendimiento robótico, de una disciplina casi militar, en la que cada jugador parecía la pieza de un juego de ajedrez que Bielsa movía hincado en cuclillas, dio la impresión de que la sola cabeza descomunal del mariscal Bielsa (en la que habitan todos los goles de todos los tiempos) conseguiría doblegar a las aturdidas huestes enemigas. No solo Chile enredó a España con una marcación sofocante y opresiva, sino que estuvo cerca de convertir un gol. Todo lucía bien para el napoleónico Bielsa hasta que el portero Bravo nos recordó que, por muy bueno que sea el entrenador, cuando un jugador se manda una cagada monumental, todo se va al agua, se estropea, se echa a perder, todo el trabajo de tantos años se jode en cinco segundos fatídicos en los que un pobre soldado asustadizo se emancipa del férreo control del generalísimo que comanda la batalla y decide rendirse a su miserable condición humana, ser falible, cagarla y cagarla mal, hacer la peor jugada de su vida, la jugada que nunca podrá olvidar, la jugada estúpida y babosa que seguirá atormentándolo en el instante en que, muchos años después, ya anciano, muera todavía corroído por la culpa de la idiotez que perpetró y provocó la derrota de su ejército tan bien entrenado. Bravo seguirá vivo, seguirá jugando como arquero de la Real Sociedad, con suerte vivirá algunas décadas más, pero el error que cometió al dejarle la pelota mansa a David Villa equivale a una deserción, a un suicidio en plena batalla, al suicidio más humillante y vergonzoso de mirar en este mundial, aún peor que el suicidio de su colega inglés, Mr. Green. Bravo, si hace honor a su apellido, debe acabar con su vida, o al menos reconocer que su vida ha acabado ya, aunque todavía siga respirando y caminando.

VIERNES, TRES
No deja de sorprender que Iniesta sea jugador de fútbol. Podría ser el dueño del banco Santander o del BBVA. Podría ser el dueño de Zara. Podría escribir como Javier Marías o como Javier Cercas o como Muñoz Molina. Podría ser el sucesor de Zapatero (esto último ya parece menos meritorio). Posee una inteligencia formidable, muy superior a la de un futbolista promedio, muy superior a la de un atleta promedio. La inteligencia de Iniesta refulge en todo su esplendor precisamente cuando la administra con tanto aplomo, con una serenidad casi desdeñosa, como si él mismo supiera que piensa más rápido y mejor que todos los demás, con una confianza ciega en sus aptitudes virtuosas. El gol que le hizo Iniesta a Chile fue como estar leyendo esas descripciones morosas, minuciosas, detallistas, riquísimas de Javier Marías en alguna atmósfera británica: fue el propio Iniesta quien robó el balón ante el pasmo de un chileno, fue Iniesta quien sembró un pase medido y otro más, dibujando la conspiración y el asalto, fue Iniesta quien al dársela a Villa ya le ordenaba tácitamente la devolución, ya le marcaba la pared, fue Iniesta quien se perfiló para pegarle no con potencia sino con suave fineza, fue Iniesta quien al marcar el segundo gol español nos recordó que es un accidente incomprensible que un hombre de su portentosa inteligencia se dedique a jugar el noble juego del fútbol.

SÁBADO, CUATRO
Por lo visto, el presidente uruguayo Pepe Mujica ha resultado siendo un talismán para los suyos. O tal vez sea El Veco, a quien recordamos con cariño como un sabio de este juego que es también religión y cruzada épica, el amuleto que desde el cielo propicia el bien a sus compatriotas. Lo cierto es que los dioses de la fortuna parecen haber decidido que este mundial sea de incalculable felicidad para el Uruguay. Es solo un acto de justicia. Uruguay clasificó a duras penas, pero, ya puesto a competir con los mejores, ha demostrado madera de campeón. El juego de Uruguay conmueve precisamente porque lo que está en disputa es el honor mismo de un país, de sus hombres más corajudos y aguerridos, y así lo entienden los once celestes en el campo, pero en particular el portero Muslera, ese gladiador que es Lugano, ese otro héroe sigiloso que es Diego Pérez, los dos Pereira, Luisito Suárez (maestro del gol, qué pedazo de gol metió en el minuto ochenta a los surcoreanos) y esa bestia indomable, chúcara, obsesionada con marcar goles orgásmicos que es el melenudo narigón de Diego Forlán. Me parece que, si no declina la bravura uruguaya, si no menguan la nobleza de su espíritu y su talante heroico, bien podrían despachar a Ghana en cuartos y me atrevo a soñar que hasta podrían eliminar a Brasil u Holanda en semifinales. Qué lindo sería que Uruguay, país pequeñito, civilizado, cálido y hospitalario con el forastero, apasionado del fútbol, llegase a la final de este mundial. Yo soy uruguayo de corazón porque soy argentino de corazón y porque el uruguayo es la versión refinada, depurada, exenta de arrogancia, del argentino promedio, o sea, es el argentino después de perder, herido de melancolía. Así como andan por la vida sin hacer mucho ruido y haciendo las cosas tranquilamente bien, así también podría llegar Uruguay bien lejos en este mundial: despacito, por la sombra, sin jactarse de lo que sabe, rindiendo culto a ese estilo tan suyo de no hacer aspavientos en la discreta búsqueda de la belleza y la excelencia. Maitena: si campeona Uruguay, espérame en tu casa de La Pedrera, que iré a festejar contigo.

SÁBADO, CINCO
Estados Unidos carece de malicia para jugar al fútbol. Salta a la vista que son advenedizos, principiantes. Sus mejores atletas se dedican al fútbol americano, al básquet, al béisbol, porque esos son los deportes más populares y los que mejores salarios pagan. Quienes se resignan entonces a practicar ese juego marginal y mal pagado que es el fútbol en los Estados Unidos son un puñado de perdedores que no tuvieron los cojones para triunfar en un Super Bowl o en la NBA o en las grandes ligas del béisbol y aprendieron tarde y mal a patear una pelota como patearían a un talibán en Guantánamo. Está claro que Estados Unidos juega un fútbol chapucero, tontorrón, desmañado, desgarbado. Ghana, sin ser gran cosa, pisó la pelota con autoridad y la supo tocar con pericia y elegancia y ganó con toda justicia. Salvo el portero Howard y algunos momentos empeñosos de Donovan, el equipo de Estados Unidos me pareció pánfilo y mamón. Como mamonas y hospitalarias han de ser las bembas africanas que Bill Clinton debe de horadar con su muy succionado colgajo (del que, sospecho, la señora Clinton guarda un pálido, avinagrado recuerdo).

DOMINGO, SEIS
Yo quería que ganara Inglaterra por una cuestión de respeto a mis antepasados borrachos y aventureros que terminaron varados en las costas del Callao (huyendo de alguna deuda o alguna mujer despechada), pero presentía que lo que mal había comenzado para los de Capello, mal acabaría, como en efecto mal acabó: Inglaterra apenas pudo ganar uno solo de los cuatro partidos que tan pobremente jugó. No tiene ya sentido alegar que el miope juez uruguayo anuló el gol legítimo de Gerrard que hubiera dado el empate a dos a los ingleses: el hecho es que, después de tamaña injusticia (y antes también), los alemanes demostraron una aplastante, demoledora superioridad sobre los tibios, apocados, pusilánimes hombres de rojo. Alemania fue mejor en todas las líneas y por eso la victoria holgada fue una consecuencia natural de su juego penetrante, vertiginoso, eficaz. Los ingleses, sobre todo el arquero y los defensores y el rechoncho y errático Rooney, parecían borrachos, alcoholizados. Jugaron fatal. Y los alemanes no jugaron, porque ya se sabe que para Alemania el fútbol no es un juego: los alemanes entienden el fútbol como una prolongación de las guerras que perdieron, como una revancha solapada de las rendiciones de Ludendorff y Hindenburg en la primera guerra mundial y de la rendición de Gustaf Jodl en el cuartel de Eisenhower tras la segunda guerra mundial: entienden el fútbol como una guerra en la que es preciso destruir y exterminar al adversario, y cada atacante es entonces un piloto redivivo de la Luftwaffe y cada gol, una bomba volante V-1 que deja caer en territorio enemigo. Qué miedo dan esos cabrones, joder.

DOMINGO, SIETE
Los mexicanos dirán que tuvieron mala suerte porque a los 8 minutos Salcido reventó el travesaño y a los 9 un zurdazo de Guardado besó el palo y porque el primer gol argentino fue posición adelantada de Tevez. Lo que los mexicanos llamarán mala suerte es lo que yo llamaría imprecisión: la de Salcido y Guardado, que no apuntaron suficientemente bien por centímetros, y la del árbitro, que no posee la inhumana facultad de congelar el vértigo del juego para advertir la posición ilegítima de Tevez. Pero seamos justos con los mexicanos: digamos que algo de mala suerte tuvieron en la primera media hora. Sin embargo, el error de Osorio no fue mala suerte, fue pura torpeza, un defensor congelado por los nervios, y la definición magistral de Higuaín, pisándola, arrastrándola, no fue cuestión de suerte, fue el sello de clase de un goleador avezado. Y si de suerte hablamos (cuando debiéramos hablar de precisión), el gol conmovedor de Tevez, que puso las cosas 3-0, no fue cosa de suerte, fue una suma de audacia, potencia y cálculo exacto en el disparo, un golazo memorable. No ganó entonces la Argentina porque México estuvo lastrado por la mala suerte. Ganó la Argentina porque se equivocó menos y acertó más que México y porque a la hora de sellar el gol los argentinos hicieron alarde de esa precisión de la que, por muy poco, carecieron los mexicanos. Si Salcido y Guardado hubieran estado finos en los minutos 8 y 9, México se ponía 2-0 y era otro partido y hacían chicharito a los argentinos. Pero es ley del fútbol que los goles que perdonas son los que luego te encajan (con suerte o sin ella, con errores arbitrales o sin ellos) y México fue víctima de esa ley no exenta de crueldad. El marcador no refleja fielmente lo reñido que resultó el juego, pero, hechas las sumas y las restas, me quedo con la sensación de que la Argentina merecía pasar a cuartos e ir por la revancha contra los alemanes. Cuatro años atrás, Messi y Tevez lloraron la eliminación, postergados por el necio de Pekerman. Ahora los bajitos vengarán esa humillación. No será un partido, será una guerra.

El mundial (4)
Autor: Jaime Bayly
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Dunga es un matón, siempre fue un matón. Cree que el fútbol no es un juego en el que prevalecen los virtuosos sino los recios y tramposos, como recio y tramposo era él cuando jugaba con mala saña. Naturalmente, un matón desembozado como Dunga hizo una selección de matones. Todos en Brasil parecían malhechores tratando de hurtar un partido. En las caras de los brasileños no se advertía algo parecido al goce o al placer de jugar un juego, sino la tensión culposa del que se dispone a perpetrar una fechoría, el rictus delator del hampón con las manos en la masa. Todos, incluso Kaká, el predicador religioso con cara ñoña, parecían ensombrecidos por el espíritu zafio, vulgar de Dunga. Nunca jugó bien Brasil en este mundial. Hizo goles tramposos, no con una mano sino con doble mano. Tenía como defensores a unos sujetos patibularios, como Lucio o Melo o Juan, que parecían escapados de una cárcel de alta seguridad. Los brasileños, que antes jugaban bonito, ahora jugaban feo. Ganaban, pero jugaban feo. Y por suerte, les tocó jugar con Holanda, que es una selección que entiende el fútbol como un juego, como un disfrute de los sentidos, como una travesura, como un desafío pendenciero; una selección que juega con cierto aire distraído, como si igual le diera ganar o perder, con un espíritu risueño, como si lo más importante no fuera destruir a patadas al rival (la filosofía de Dunga) sino divertirse, pasarla bien, jugar bonito, hacer cabriolas imposibles y ver cuál de los pelados, si Sneijder o Robben, hace el gol más lindo. Holanda nunca jugó el mundial con el peso opresivo de representar a una tribu guerrera, Holanda siempre jugó el mundial como si fuera una pichanga entre amigos o un picadito después de un asado o una fiesta después de fumar hierba. Mi teoría (que no puedo probar) es que los holandeses juegan chispeantes de marihuana o han fumado tanta marihuana en su primera juventud que ya han quedado tocados de un cierto relajamiento ante todo. Y por eso Holanda le ganó a Brasil y sin duda mereció ganarle a Brasil. Porque Holanda jugó bonito, jugó relajadamente, jugó a sabiendas de que era un juego nomás, mientras Brasil se tensaba en unas asperezas de maleantes chapuceros que parecían conjurados para asaltar un banco o robarse el oro de la sacristía.

DOS
Tabárez es un maestro, Tabárez siempre fue un maestro. Escuche, usted, una conferencia de prensa de Tabárez y notará enseguida su humildad, su prudencia, su inteligencia con las palabras, su lucidez para decir sin jactancia ni aspavientos lo poco que tiene que decir. Como Tabárez es ante todo un hombre inteligente y educado, la selección uruguaya es la prolongación de su inteligencia y su educación y es también, por supuesto, la suma de once hombres entrenados en esa noble tradición uruguaya de que el juego del fútbol, cuando es al país al que se representa, lleva consigo el peso del honor, pone en entredicho ya no solo las aptitudes de esos hombres para jugar el juego, sino también su coraje, su nobleza, su lealtad, su entrega incondicional, como si esos once elegidos para llevar el emblema del país fueran un regimiento, un batallón, un cuerpo de élite que va a una guerra sin armas en la que habrán de demostrar heroísmo además de habilidad para prevalecer sobre los otros. Siendo un juego y estando sin armas, los uruguayos entienden el fútbol como una prueba de coraje y heroísmo, y solo por eso, no por ser más dotados técnica o físicamente, prevalecieron sobre los de Ghana, que a punto estuvieron de doblegarlos en esa batalla feroz. Pero hubo tres momentos cruciales en los que Uruguay demostró que, no siendo superior a su rival, poseía sin embargo esa cuota extra de heroísmo o de arrojo torero: cuando Luisito Suárez, en el último minuto del tiempo suplementario, sacó una pelota de la línea de su arco con los pies y otra con la mano, casi como Kempes contra los polacos en el 78, de pronto un delantero haciendo de arquero y perpetrando una trampa no para burlar las leyes del fútbol sino como un recurso desesperado para evitar la caída de los suyos, cosa que al parecer intuyó que habría de ocurrir cuando, ya expulsado, camino al vestuario, advirtió que el penal ejecutado con menos pericia que vehemencia pegó en el travesaño y entonces la mano de Luisito Suárez no fue una mano tramposa, mañosa, reprobable, sino una que expresaba la voluntad de inmolarse en aras del triunfo de su batallón; cuando, ya en la tanda de penales, el portero Muslera supo que la suerte del regimiento dependía ahora casi enteramente de su astucia para adivinar el destino de la pelota y su determinación para ir a desviarla y en efecto atajó dos penales tirándose hacia la izquierda y erigiéndose en el segundo héroe del pelotón uruguayo; y cuando, puesto a ejecutar el quinto y último penal, Abreu no se intimidó, no se puso nervioso, no se acobardó, sino que recordó que por algo Uruguay fue dos veces campeón del mundo y tal vez recordó que por algo tiene fama de loco, y entonces hizo lo que solo los locos y los genios podrían hacer en un momento cargado de tal dramatismo, un momento del que dependía la felicidad entera de un país, millones de miradas y corazones y alientos entrecortados que de pronto Abreu representaba en ese penal, millones de almas en vilo que cifraban su ilusión en que Abreu convirtiera, y entonces vimos lo que vimos y no olvidaremos: que Abreu, más que valiente, fue insolente en correr con su aire desgarbado, amagar un disparo potente y luego picar la pelota en cucharita para que hiciera un vuelo manso y aterrizara como una masita desdeñosa en el arco de Ghana, demostrando de ese modo quién sabía más, quién podía más. En ese momento, Uruguay fue campeón del mundo y es ya campeón del mundo, no importa lo que pase después.

SÁBADO, TRES
Maradona es arrogante, y más que arrogante, ignorante, y más que ignorante, agresivo en su ignorancia. Fue un virtuoso como jugador, pero no es un hombre inteligente, no es siquiera medianamente inteligente. Es un hombre lleno de complejos y resentimientos, un hombre turbado por las bajas pasiones, un enfermo en permanente rehabilitación, un hombre incapaz de ser humilde y escuchar las críticas y razonar serenamente. Es un hombre endiosado y adulado y por tanto un hombre engañado y mal informado. No posee inteligencia natural para razonar el juego del fútbol, como no posee inteligencia emocional para gobernar y expresar sus pasiones. Ama a sus hijas pero no reconoce a su hijo italiano. Ama y adora a Chávez y a Fidel Castro porque los gringos no le dieron la visa para ir a Disney. Se pelea hasta con su sombra. Está siempre molesto, crispado. Cuando la prensa critica el mal juego de su selección, se enfurece y dice bravuconadas de matón. Cuando clasifica a duras penas al mundial, sale con procacidades: que me la mamen ahora los que me criticaron. Pues ahora ¿quién es el mamón, quién debe mamársela a quién? Porque, por lo visto, quienes criticaron la natural incompetencia de Maradona para ejercer un cargo para el que no daba la talla (el entrenador de fútbol tiene que ser, ante todo, un estratega, y un estratega tiene que ser, ante todo, un hombre inteligente) tenían la razón. Maradona nunca debió ser entrenador de la Argentina porque no está dotado de las mínimas facultades para desempeñar ese cargo. Es comprensible que sus compatriotas lo amen con desmesura y prescindiendo de toda razón debido a las alegrías que Maradona supo darles como jugador de fútbol; es menos comprensible que ese amor los turbe y enceguezca al punto de no advertir lo que ya en las eliminatorias parecía evidente, y aun antes: que Maradona nunca será un buen entrenador porque si no puede gobernar su vida, sus palabras, sus turbias pasiones, sus odios y complejos y resentimientos, menos podría gobernar a la selección argentina. El fracaso de la Argentina ante Alemania puso en evidencia esa simple verdad: que el mariscal que comandó al regimiento argentino estaba lastrado por la torpeza, la ineptitud y la arrogancia. Como consecuencia de ello, no eligió a sus mejores hombres, sino a sus mejores amigos. Como consecuencia de ello, Alemania destruyó a un aturdido batallón argentino y humilló a quien se creía Napoleón.

SÁBADO, CUATRO
Martino es astuto y malicioso, siempre lo fue para enredar un partido y viciarlo de mañas y asperezas. Por eso Paraguay pudo haberle ganado a España sin merecerlo, de haber convertido el penal que Cardozo estropeó paralizado por el miedo escénico y que Casillas atajó siguiendo el consejo de Pepe Reina: Cardozo no tirará al mismo lado que eligió contra Japón. Pero Del Bosque es un viejo que ha visto casi todo el fútbol que se ha jugado en España desde que en España se juega al fútbol, un viejo tan viejo que ya nada lo emociona demasiado y es por eso un buen entrenador, porque no deja de pensar serenamente y razonar con frialdad y aun en el momento del juego, cuando las emociones se exasperan, está allí sentado como si estuviese pensando qué nicho le conviene comprar en qué cementerio, como si fuese consciente de que ya es poco lo que le queda por vivir y que aquello que sus ojos hinchados y acuosos están presenciando algún día será recordado por pocos, cuando él ya descanse en su nicho pagado a plazos en vida. Por eso, porque Del Bosque sabe por viejo y cazurro y se reconoce mortal y falible, España encuentra en el banquillo a un técnico sabio (sabio y en la sombra) que no duda en sacar al Niño Torres cuando el Niño no da pie con bola, y que deja en libertad a Iniesta y Xabi, y más atrás a Xabi Alonso, para urdir paciente y sigilosamente las conspiraciones, y recuesta sobre la izquierda, pegado a la raya, a ese demente afortunado que es Villa para que la meta cuando nadie más consigue meterla. Fue un partido digno porque ambos fueron fieles a su estilo y no escatimaron esfuerzos para obtener el triunfo, pero ganó España porque Paraguay tuvo miedo de ganarlo cuando Cardozo pateó el penal que atajó Casillas y porque cuando fue el turno de España, y Alonso metió el penal que no debieron anularle porque entonces tendrían que haber repetido también el de Cardozo (en ambos hubo invasión de área), y Villa encontró el rebote del palo que es su amigo, no tuvo miedo de ganarlo, supo que la historia ya le exige a España que este año sea campeón y por eso cada gol de Villa (que ya ha gritado cinco en este mundial y que Del Bosque ni se levanta a festejar) lleva consigo la bravura de un país entero que esta vez no tiene miedo de ser el mejor y sabe que merece ser campeón.


El mundial (5)
Autor: Jaime Bayly
CompartirEnviar.MARTES, UNO
Yo quería que ganara Uruguay. Quién no quería en este país y en los países vecinos que ganara Uruguay. Pero Uruguay ya había ganado. Uruguay salió a jugar con Holanda con la sensación de que había cumplido sobradamente las expectativas, que ya se había metido entre los cuatro primeros, que había llegado más lejos que Brasil y Argentina, que había hecho un mundial heroico, impensado. Uruguay sabía además que había tenido suerte (y no poca) para llegar a batirse con Holanda. Porque le tocó un camino despejado, Corea y Ghana en cuartos y octavos, y aun así pasó sufriendo en ambos partidos y con una inmensa fortuna en la batalla épica con los africanos. Los otros tres que llegaron a semifinales tuvieron que dejar en el camino a equipos peligrosos de verdad: Alemania, a Inglaterra y Argentina, cuatro goles a cada uno, chúpate esa mandarina; Holanda, eliminando a Brasil, no cualquiera elimina a Brasil en un mundial y en noventa minutos y sin penales y jugando claramente mejor; y España sacándose de encima a Portugal y luego a esa selección ladilla, mañosa que es Paraguay (Paraguay parece una selección de once reos que si ganan quedan en libertad). De modo que cuando salieron a jugar unos con otros, los holandeses venían de despachar a Brasil, y con seguridad recordaban las dos finales perdidas el 74 y 78 (ambas creo que injustamente perdidas; en ambas pudieron y merecieron ganar) y tenían la serena o risueña convicción de que si habían mandando a casa a los brasileros, era sólo una cuestión lógica que prevalecieran sobre los uruguayos, porque hombre a hombre eran mejores y porque Holanda lleva casi dos años sin perder un partido y llegaba a la semifinal habiendo ganado todos sus partidos del mundial con holgura y altivez; y los uruguayos, en cambio, salieron a jugar sintiendo que ya habían cumplido, que habían tenido una suerte del carajo con Ghana porque esa combinación de dos hechos fortuitos y favorables (la mano de Suárez en el minuto ciento veinte y el penal fallado por el africano) fue ya demasiada buena suerte, una obscenidad de buena suerte, una borrachera de buena suerte, todos los dioses de la fortuna conjurándose o haciendo un aquelarre para que Uruguay pasara arrastrándose y de milagro a semifinales, y porque uno podía intuir entonces que Holanda llegó al mundial a ganarlo por fin, a lograr lo que les resultó esquivo el 74 y el 78, cuando una generación de virtuosos vio truncado su sueño porque los dioses de la fortuna no les fueron propicios y porque en ambos casos los locales (Alemania y Argentina) jugaron con once más el azar (que es invisible pero que juega también), mientras que Uruguay llegó al mundial con la meta de clasificar del grupo de la muerte (que resultó siendo mortalmente pobre) y, si acaso, ya con mucha suerte, pasar a octavos sin tropezar con Argentina, es decir que, sin haber hablado con ellos, me atrevería a apostar que los uruguayos llegaron a Sudáfrica no pensando siquiera remotamente en jugar la final ni obtener el título, sino en sortear el primer escollo que parecía insalvable, clasificar en ese grupo con franceses, mexicanos y sudafricanos (nunca un país anfitrión había quedado eliminado en primera rueda), y en tener la suerte de no chocar con la Argentina en octavos, que, en el papel, era lo que parecía más probable: que Uruguay quedase segundo en su grupo y Argentina primera y se encontrasen de nuevo en octavos, como en mundiales pasados. Esta es entonces mi primera conclusión: sicológicamente, los holandeses salieron a ganarlo y los uruguayos salieron sintiendo que ya habían ganado aun si perdían. Por eso ambos se fueron contentos: los holandeses porque pasaron a la final como era de estricta justicia, porque en todo momento jugaron mejor que sus rivales, y los uruguayos porque supieron perder con grandísima dignidad (aquello que precisamente se echó de menos en los argentinos cuando fueron humillados por los alemanes) y porque además se dieron el lujo de meterles dos golazos a los holandeses y terminar el partido asustándolos y haciéndolos pasar apuros. Holanda, insisto, lleva casi dos años sin perder. Holanda llegó a Sudáfrica a campeonar (y a campeonar jugando bien) y está a un partido de conseguirlo. Uruguay llegó a Sudáfrica a clasificar en un grupo que en teoría se suponía más arduo y enmarañado (nadie podía adivinar la rendición francesa ni la calamidad del juego de los anfitriones) y ya con llegar a cuartos había cumplido. Con toda la simpatía que tengo por los uruguayos, creo que es un hecho irrefutable que Holanda fue mejor, jugó mejor, y por tanto mereció ganar, ganó el mejor (lo que no siempre ocurre en el fútbol, como bien saben los holandeses cuando recuerdan las finales perdidas del 74 y 78). Pero, además, Holanda es un equipo inclasificable, porque no practica la clásica escuela europea ni es tampoco del todo sudamericano o español. Mezcla con impredecible sabiduría lo mejor de ambas escuelas. De pronto son europeos cuando se animan a meter un bombazo como el primer gol: me atrevo a afirmar que ningún sudamericano sería capaz de pegarle al arco desde tan lejos, con tanta potencia y con tan endiablada precisión como le pegó en el minuto 18 Gio Van Bronckhorst (Gio para sus amigos). Gio, cabrón, si pateas cien veces más, no lo haces, qué pedazo de gol te llevas a casa, joder. Fue, creo, el gol más espectacular que he visto en el mundial. En esto (y es algo que aprendí desde chico, cuando en las apuestas familiares el 74 y 78 yo siempre apostaba a Holanda campeón), los holandeses son superdotados y se tienen una fe inhumana para disparar un obús teledirigido desde una posición que parecería imposible y sin embargo terminan reventando el arco contrario. Desde chico aprendí que los holandeses tienen esa dualidad mágica: te hacen goles preñados de un ritmo o una sensualidad sudamericana, pero de pronto, cuando menos lo esperas, te avientan un zapatazo de cuarenta metros y te recuerdan que son europeos y que ninguna selección europea, ni la alemana, patea tan bien de tan lejos como estos holandeses que, para colmo, nunca se sorprenden de lo bien que juegan, de la maldita precisión con la que urden, traman, hilvanan y ejecutan sus goles, porque los tres goles holandeses contra Uruguay fueron de un refinamiento estético superior: el misil de Gio, el chanfle de Wesley y la cabeza pelada de Arjen para poner en evidencia una verdad irrefutable: que si haces tres goles así, mereces ganar el partido como sin duda ninguna mereció ganarlo Holanda. Honor a los caídos: Uruguay perdió sin resignar el espíritu guerrero y sin renunciar a la vergüenza deportiva (que aprendan los argentinos).

MIÉRCOLES, DOS
Yo quería que ganara España. Cuando me senté al lado de mi hija a poco de comenzar el partido, le dije: Si Serbia le ganó 1-0 a Alemania en la primera rueda, es que los alemanes no son invencibles. Si Serbia pudo, España puede. Ganará España 1-0. Mi hija me miró y no dijo nada por compasión, porque ya sabía que todos mis pronósticos terminaban siendo errados. Por suerte, por esta única vez, acerté. Aunque me pasé el partido gritando “por abajo, por abajo, no la tires por arriba Ramos, la concha de tu hermana, por arriba los alemanes son imposibles”, y estaba seguro de que el gol español sería obra de la picardía de los chiquitos para tocarla por abajo y aturdir a los gigantes alemanes, y de nuevo me equivoqué: en el primer tiempo la llegada más clara de los españoles fue por arriba, un cabezazo a fusilar de Puyol que falló por muy poco, y en el segundo tiempo, de nuevo este legendario Tarzán catalán que viene desde atrás, corriendo desde fuera del área, y salta como un gladiador a pesar de su corta estatura y mete un cabezazo tan violento y tan lleno de convicción que la pelota sale disparada como si Puyol la hubiera pateado con toda su furia descomunal y no la hubiera cabeceado con esa cabeza melenuda y de proporciones que ciertamente intimidan a cualquiera, incluso a un alemán, que, en promedio, es también de testa grande y mirada homicida. Pero Puyol me demostró que llevó cuarenta años viendo fútbol como un enfermo y no he aprendido un carajo de nada: el gol del triunfo contra Alemania fue por arriba, de cabeza, siendo Puyol un enano comparado con Mertesacker o Schweinsteiger, y sin embargo ese enano legendario, ese enano que resume toda la furia y toda la bravura y toda la frustración española porque nunca han ganado un mundial, ese enano que podría haber sido boxeador o sicario, ese enano que puesto a pelear cuerpo a cuerpo con cualquiera de los alemanes, incluso con los más grandes y fornidos, sin duda les arrancaría a mordiscos las orejas y los mataría como una bestia depredadora y luego pondría al fuego un dedo o un muslo y se lo comería eructando, ese enano que no juega bien ni bonito pero que literalmente se juega la vida en cada pelota dividida, ese enano se empinó sobre los sueños de todos los españoles y se agigantó sobre la ilusión de un país entero y voló más alto que nadie para meter ese frentazo que destruyó el mito de que Alemania era invencible. Alemania fue un gran equipo y metió cuatro goles por partido cuando se enfrentó a tres mamarrachos: Australia, Inglaterra y Argentina. Pero cuando Alemania tuvo que jugar con uno que sabe de verdad como España, entonces no pareció más la máquina demoledora e indestructible que dio la impresión de ser ante los argentinos. Lo que me lleva a este conclusión: Inglaterra y sobre todo Argentina no tuvieron mala suerte contra Alemania, no: es que jugaron como el culo, y le dieron todas las ventajas, y sobre todo en defensa fueron una coladera, y ya se sabe (aquí lo he dejado escrito) que los alemanes, cuando perciben la mínima debilidad en el rival, tienen un espíritu depredador, siempre quieren un gol más, te gasean a goles, el fútbol no es un juego para ellos sino la tercera guerra mundial. La victoria de España fue justa, merecida, indiscutible. España fue fiel a su escuela, jugó con aplomo y confianza en su estilo sereno, refinado y rompedor. España demostró además que Del Bosque es un gran entrenador, porque poner a Pedro y sacar al Niño Torres desde el comienzo fue un grandísimo acierto (aunque no le perdono a Pedro que no le diera el pase a Torres para asegurar el 2-0: aun así, hizo un partidazo y puso a bailar flamenco a los troncos alemanes). Queda entonces la sensación de que han llegado a la final los dos mejores equipos del torneo, Holanda y España. En ambas semifinales, prevaleció claramente el mejor. Por supuesto, quiero que España gane el domingo. Sin embargo, mucho me temo que será un partido endiablado porque Holanda llega a su tercera final y no querrá perderla una vez más, pero sobre todo porque con Holanda nunca sabes si estás jugando contra un europeo, un sudamericano o qué coño tienes enfrente vestido de naranja. Porque Holanda cuando quiere juega como España, pero España cuando quiere no sé si puede jugar como Holanda. Será además un duelo entre cuatro virtuosos del juego: Iniesta y Xabi, y Sneijder y Robben. Que gane España si España juega mejor. Pero si es Holanda el que juega más fino y el que dispara misiles inteligentes y el que, puestos a tocar por bajo con picardía, lo hace mejor, que gane Holanda, que gane el mejor. Maradona, papá, ¿y ahora a quién se la tenemos que mamar? ¿O se la mamás vos a Del Bosque?

El mundial (6 y fin)
Autor: Jaime Bayly
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Alemania jugó con medio equipo suplente y sin embargo consiguió prevalecer sobre la bravura uruguaya. Alemania hizo un gran mundial y mereció el tercer puesto. Pero Uruguay también hizo un gran mundial y mereció el tercer puesto. No es fácil meterle dos goles a Alemania y Uruguay lo hizo y pudo hacerle tres si Forlán metía el tiro libre que pegó en el palo en el último minuto y que mereció ser 3-3, vamos al suplementario. Qué grandísimo jugador este Forlán: no sólo por el golazo de volea que marcó (Forlán patea mentalmente antes de que le llegue la pelota, de modo que está unos segundos adelante que todos los demás), sino por todos los goles que marcó, siempre pateando rabiosa y precisamente, siempre con la ambición insaciable del goleador de raza. Pero el otro gol uruguayo fue también un prodigio, una hazaña colectiva, una brillante suma de aciertos improbables: cómo roba esa pelota el ruso Pérez (el mejor jugador de Uruguay en el mundial, mejor aún que Forlán), cómo la abre con gran inteligencia Luisito Suárez sin pensar en él sino en quien mejor viene para convertir y cómo define con clase y fineza Cavani en dos tiempos. Brillante Uruguay, salvo el portero, culpable de los tres goles alemanes: en el tiro brutal, dinamitero, de Schweinsteiger, pelota que venía cargada de veneno, nunca debió dar rebote al medio, esa es una falla imperdonable en el manual del arquero, debió desviarla a un costado; y en la pelota aérea que sale a puñetear y termina cazando mariposas o moscas o luciérnagas o peor aún nada, ni un insecto, pues le da un manotazo al viento frío sudafricano y regala el gol, y en el último gol alemán, tal vez ya intimidado por la falla que cometió en el segundo cuando salió y no rasgó la pelota sino la nada misma, Muslera se queda clavado en su línea de gol cuando la pelota viene al área chica, y yo creo que debió salir a cortar pero ya tuvo miedo, ya estaba traumatizado por el despiste del gol anterior y entonces no arriesgó y pasó el desmadre que pasó: el jaleo en su área chica, los rebotes y la pelota adentro por pusilánime el arquero. No digo que Muslera sea un mal portero, no lo es: gracias a su habilidad los uruguayos consiguieron llegar tan lejos (sobre todo superar a Ghana en los penales), pero claramente Alemania prevaleció sobre Uruguay por dos razones: porque el arquero uruguayo cometió errores gruesos que costaron goles evitables y porque el palo, maldita sea, jugó para Alemania en el último minuto, qué pena que ese tiro libre de Forlán no entró, no hay justicia en el fútbol (ni en la vida) porque hubiera sido lindo que la pelota bajase un poquito antes y se metiera y Forlán se diera el gustazo de zamparle dos zapatazos en el orto a los alemanes y llevarlos a suplementario. Me quedé un poco rabioso o frustrado porque, a sabiendas de que Alemania, aun con suplentes, jugó mejor que Uruguay, me molestaba y aún sigue molestándome que el entrenador alemán se hurgue la nariz con tan obscena persistencia, se busque la mucosidad nasal solidificada en esas cavernas bávaras o bárbaras, la extraiga a vista y paciencia del mundo entero y nos enseñe en qué consiste exactamente el waka-waka: en comerse los mocos bien masticados, saboreados y deglutidos, sin importarle que mil millones de personas estemos viendo ese espectáculo repugnante, vomitivo, que la FIFA o la Corte de La Haya debería prohibir, por el amor de Dios. Sólo por eso, porque Löw resultó siendo un comemocos asqueroso (y porque para mi desgracia muchos me decían que se parece a mí o que yo me parezco a él, pero juro que yo no me como los mocos nunca, jamás), y porque los alemanes han matado a mucha gente en las guerras mundiales, y porque cómo carajo va a jugar por Alemania un moreno brasilero llamado Cacau (que se llame Cacao, bueno, pero Cacau es como Cau-Cau con Cacao, un asco, otro comemocos desertor, dónde se ha visto que un brasilero se nacionalice alemán y encima se llama Cacau: si se llama Cacau, tendría que haber jugado con Kaká, con Elano, con todos los otros brasileros de apellidos escatológicos, anales), y porque Diego Pérez no es un futbolista sino un campeón mundial de lucha libre y kick boxing, y porque Forlán hizo algunos de los goles más alucinantes del torneo, me quedé con la frustración de que ese tiro libre en el último instante del juego no fuera gol. Bueno, al menos no campeonó Alemania. Eso ya es un consuelo.

DOMINGO, DOS
España salió a ganar el partido, Holanda salió a trabar el partido. España salió a jugar, Holanda salió a que España no pudiera jugar. España quiso imponer su escuela y Holanda se propuso destruir esa escuela. España tuvo las mejores intenciones creativas y Holanda desplegó las peores intenciones destructivas. Siendo que ambos saben jugar con refinamiento estético, España salió a tocar bonito y Holanda salió a romper piernas, meter planchazos, enredar a patadas la fluidez endiablada de los españoles. Y lo consiguió. Salvo en los primeros quince minutos, cuando Sergio Ramos dispuso de dos clarísimas ocasiones de gol, una de cabeza desviada magistralmente por el portero Stekelenburg y la otra, un obús que raspó la pierna de un holandés y lo mismo que se fue afuera, pudo ser autogol. Hasta entonces, España era largamente superior y daba un poco de vergüenza ver a Holanda haciendo ese papel tan áspero, tan crudo, tan disminuido: vamos a jugar a que España no pueda jugar. El árbitro Webb pudo expulsar a algún holandés en el primer tiempo (sobre todo a De Jong, que le metió un planchazo artero en el pecho a Xabi Alonso, una agresión caníbal que casi le arranca el corazón), pero creo que fue sabiamente comedido en amonestar a cuanto holandés se la pasaba repartiendo patadas malevas y entonces fue un festival de tarjetas amarillas (catorce nada menos). Pero claramente era España el que proponía el juego limpio, el juego fino, el juego inteligente y vistoso, y era Holanda el que, con evidente complejo de inferioridad, se proponía neutralizar el juego español, se resignaba a ese objetivo bochornoso: por las buenas o por las malas, no dejar que el otro juegue, ya no importa si uno tampoco juega un carajo o la mitad de un carajo. Por eso el partido, en sus primeros noventa minutos, fue tan áspero y trabado, porque Holanda (y en esto tuvo mérito) consiguió su deplorable propósito: impidió que España jugase como sabe jugar, los sometió a una marcación violenta y sofocante y renunció a jugar como Holanda sabe jugar (que a veces puede ser incluso mejor de lo que España sabe jugar) para contentarse con obstruir, amañar, viciar, enredar y boicotear el admirable estilo español. Se puede decir entonces que España salió a ganar y Holanda salió a boicotear la final. España siempre quiso ganar y Holanda siempre quiso pegarle una patada a un español. Dicho todo esto, si contamos fríamente las oportunidades claras de gol que ambos equipos dispusieron en los noventa minutos de juego, diría que fue Holanda quien más cerca estuvo de ganarlo, y si no lo ganó fue gracias a la heroica actuación de Casillas: el portentoso arquero español salvó tres goles, los tres se los escamoteó a Robben, el primero cuando terminaba el primer tiempo y Robben disparó el zurdazo previsible y Casillas la sacó con las uñas del primer palo, el segundo y más claro cuando, a pase magistral de Sneijder, Robben se falló el gol de la copa (que se lamentará lo que le quede por vivir) porque Casillas se la sacó con el pie, y el tercero cuando, superando a Puyol, y empujado o desequilibrado por Puyol, Robben quiso esta vez no definir de zurdazo seco sino burlar a Casillas y éste le leyó la intención y se arrojó a los pies del pelado maldito y le birló la pelota. En esas tres ocasiones, Robben privó a Holanda de ser campeón del mundo por una vez en su historia, o más exactamente fue Casillas quien privó a Holanda de esa alegría de nuevo postergada. Claro que España también tuvo las suyas en los noventa minutos, sobre todo los dos cabezazos de Ramos, uno desviado por el arquero y el otro arriba, y el zurdazo de Villa al cuerpo del portero (gran arquerito el holandés Stekelenburg). Pero, y así es el fútbol de raro, si bien España salió a ganarlo y Holanda a sabotear el juego español, fue Holanda quien pudo ganarlo en el segundo tiempo con los dos mano a mano entre Robben y Casillas. Ya en el suplementario, los técnicos demostraron quién quería ganarlo y quién, llegar a duras penas a los penales (ya Holanda con un hombre menos), y todas las llegadas claras de gol (las más clara la que erró Fàbregas en el minuto noventa y cinco, tapadaza del holandés) fueron de España, todas en esa media hora fueron épicos afanes de España para alzarse con la copa, mientras Holanda, que ya no tenía energías para seguir neutralizando la fluidez del toque mágico español, se atrincheraba en la ilusión de los penales. Fue entonces, cuando aflojó la marca obsesiva y por momentos delictiva de los holandeses, cuando apareció todo el genio de Iniesta para decir acá mando yo, acá pienso yo, ahora tengo más espacio y ahora voy a demostrar quién es el balón de oro, quién es el más pendejo y genial y retorcido de todos los que sudaron en este mundial. Iniesta comprendió que ya Villa no estaba, que Fàbregas no pudo meterla cuando debió, que el Niño estaba malherido, Iniesta comprendió que era él quien tenía que deshacer este entuerto y darles una lección a los holandeses de que el que quiere jugar mejor y más bonito es quien al final mete el gol del triunfo y levanta la copa. Que no vengan ahora con el reclamo de que en el pase del Niño, Iniesta estaba en fuera de juego y luego en el segundo pase ya sale del fuera de juego: si hay protestas, que manden una carta a Indecopi o que lleven la querella al tribunal de La Haya, que no jodan con lamentos tardíos los holandeses. Porque España fue mejor. Porque España siempre quiso jugar y Holanda siempre quiso jugar a que España no jugase. Y porque en los treinta del suplementario había un equipo que quería ser campeón, que se sentía campeón, que sentía que la historia le exigía ser campeón, y que iba a por todas para ser campeón, y ese equipo era España, y el líder intelectual de esa selección de artistas era quien terminó siendo el héroe de la final: ese menudo y calvo y taciturno y algo melancólico jugador catalán, Andresito Iniesta, que a cuatro de terminar el suplementario la tuvo en sus pies, la controló con su habitual maestría y sacó el derechazo cruzado que hizo absoluta justicia en el partido y el campeonato entero: se alzó con el título el equipo que jugó con más inteligencia, con más astucia, con más impredecible sabiduría para inventar rarezas, maravillas, combinaciones imposibles y admirables en un mar de piernas ásperas. Viva España, coño. España jugó el mejor fútbol del mundo y se hizo justicia y es campeón del mundo. Y que Löw se coma los mocos de Del Bosque. Y que al Paseo de Gracia en Barcelona le cambien de nombre y se llame ahora y para siempre Paseo Andresito Iniesta de los cojones, Dios te bendiga, pelado inmortal.

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