miércoles, 24 de octubre de 2012

Crónica del negro Jefe: Obdulio Varela

Fue 5, manejaba los hilos de su equipo, en un futbol diferente al de hoy, aunque con elementos claves: principios de juego: habia un central, un 5, un enganche, extremos... En fin, cosas que hoy el Barza a vuelto a poner en boga pareciendo revolucionario sin realmente serlo, o si?

Lo que Obdulio hizo fue algo mas que un simple partido, y llevó a la cumbre el caudillismo futbolistico, formó un paradigma de Capitán y líder, de aquel que no se amilana ante la adversidad, en una época de Guerra fría, y avances tecnológicos, este maestro inspirador es el Leonidas del Siglo 20, aquel que te demuestra como se puede dejar la sangre y la vida en la cancha, aquel que te indica como durante 90 minutos esto es algo mas que un partido, se convierte en una suerte de ... No sé como decirlo, en la vida misma?...

Luego de esto, este hombre albañil de profesion, se encumbra aun mas, se alejó de lo mediático, y con su vida dió un ejemplo de humildad, en su momento hizo lo que hizo, y punto. El resto lo deja a los cronistas.

Esta crónica de este SEÑOR es un homenaje, pues no hay mucha informacion de él.
Ciao

Ramon.

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La leyenda de Obdulio Varela

Obdulio Varela, apodado ‘El negro jefe’, no marcó ningún gol en la final ante Brasil pero demostró que con un brazalete de capitán también se pueden ganar partidos. De hecho, mientras vistió la camiseta charrúa en un Mundial, Uruguay nunca cayó derrotada.
En el Mundial de 1950, el ‘cinco de Uruguay’ levantó el ánimo a sus compañeros cuando vio que éstos se acongojaban en el túnel de vestuarios ante el ruido ensordecedor de los 203.850 espectadores que animaban sin parar a Brasil en Maracaná. “No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines", les dijo a sus compañeros.
Imagen de Obdulio Varela.
Imagen de Obdulio Varela.
Mientras los dirigentes del fútbol uruguayo se conformaban con perder por menos de cuatro goles ante Brasil, Obdulio Varela sí creía en el milagro charrúa. Por eso, cuando Friaça adelantó a la ‘canarinha’ en el minuto 48 ‘El negro jefe’recorrió treinta metros para recoger el balón del fondo de las mallas, reclamar un fuera de juego inexistente al juez de línea y dejar el cuero en el centro del campo para hablar esta vez con el árbitro del partido. Todo para acallar a las 200.000 personas que celebraban sin parar el gol de Brasil.
“Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el partido, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del partido, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido. Entonces a paso lento crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto fuera de juego que no había existido, luego se me acercó el árbitro y me amenazó con expulsarme, pero hice que no lo entendía, aprovechando que él no hablaba castellano y que yo no sabía inglés.
Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos, mientras las tribunas bramaban. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos, tenían miedo de nosotros. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo. Luego vi a los rivales que estaban pálidos e inseguros y les dije a mis compañeros que éstos no nos podían ganar nunca, nuestros nervios se los habíamos pasado a ellos. El resto fue lo más fácil”, así explicaba Obdulio Varela cómo cambió el destino de un partido que en principio tenía perdido Uruguay.
Al grito de “ahora sí, vamos a ganar el partido”, Uruguay inició la remontada que le llevó a proclamarse campeona del mundo. Obdulio Varela recibió el trofeo en una esquina de Maracaná de manos de Jules Rimet aunque años más tarde se arrepentiría de haber ganado aquel partido. “Si volviese a jugar esa final prefería perderla. Parecía que los dirigentes eran quienes habían ganado el trofeo", reconoció.
Y es que mientras los jugadores recibieron una medalla de plata conmemorativa y un poco de dinero, con el que Obdulio Varela se compró un Ford que le fue robado a la semana siguiente, los dirigentes de la Federación uruguaya se otorgaron a sí mismos una inmerecida medalla de oro. Aunque parezca increíble, el deportista uruguayo más importante del siglo XX falleció en la pobreza en 1996. El gobierno uruguayo se encargó de todos los gastos de su muerte pero llegó tarde para brindarle el homenaje que Obdulio Varela se merecía.
jjurado@marca.com

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El hombre que hizo llorar a Brasil

l 16 de julio de 1950, Río de Janeiro se sumergió en el luto. Uruguay acababa de ganar el Mundial ante Brasil, profanando Maracaná ante la mirada incrédula de 203.850 fanáticos del fútbol. Cuando Jules Rimet entregó la Copa del Mundo al capitán uruguayo Obdulio ‘El Negro Jefe’ Varela, cada brasileño se sintió como si hubiera perdido al ser más querido, como si su honor y dignidad hubieran desaparecido. Muchos juraron aquel día que nunca volverían a ir a un estadio de fútbol pero todos apuntaron con su mirada acusadora al portero Moacyr Barbosa como el principal culpable de la derrota ante Uruguay.
Su pecado fue dudar si atajar o despejar el gol que hizo campeón del mundo a la selección charrúa y su penitencia, un cruel ostracismo por parte de la sociedad brasileña. “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y yo sigo encarcelado, la gente todavía dice que soy el culpable”, reconoció el propio Barbosa en una entrevista antes de morir el 7 de abril de 2000 entre el olvido y el desprecio de sus compatriotas.
Schiaffino bate a Barbosa en la final del Mundial. Foto: ARCHIVO MARCA.
Schiaffino bate a Barbosa en la final del Mundial. Foto: ARCHIVO MARCA.
Así relató en una novela el propio Barbosa el ‘maracanazo’ que le ‘costó’ la vida. “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado a córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota”.
Barbosa tuvo que aguantar el resto de su vida como la gente le ignoraba, le daba la espalda e incluso le despreciaba por la calle. “Mira hijo, ése es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”, le llegó a decir una mujer a su hijo señalando a Barbosa en un mercado de Río en los años ochenta.
El destino también fue esquivo con Barbosa. El portero brasileño trabajó durante más de 20 años como intendente de Maracaná, el estadio en el que fue ‘enterrado’ vivo por millones de brasileños. Como premio a su trabajo y dedicación, le regalaron la portería que él defendía en Maracaná. Quemó la madera pero no pudo deshacerse del desprecio de la gente. “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”, confesaba una y otra vez Barbosa.
Uno de los últimos desaires que Barbosa tuvo que soportar en su vida fue cuando Zagallo, por aquel entonces ayudante de Parreira, le impidió entrar en una concentración de la ‘canarinha’ para que saludara a los jugadores por miedo a que gafara al equipo de cara al Mundial de Estados Unidos de 1994, que finalmente conquistó Brasil. “Fue un gran portero, debería ser recordado por sus grandes momentos con la selección, no por aquella final”, aseguró Dida sobre Barbosa durante el Mundial de Alemania en 2006 tras poner fin a una maldición de más de medio siglo sin que ningún futbolista de color defendiera la portería de la selección brasileña.
jjurado@marca.com

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Obdulio Varela:
empatía y tristeza de un campeón

Introducción
    Corría el mes de abril del año 1943. Con un grupo de personas entré por primera vez a un cine que en esos tiempos se conocía como "continuado". Para mi era una verdadera novedad puesto que hasta entonces siempre lo había hecho en las clásicas "matinée" del barrio en donde yo vivía, es decir, ver cuatro o cinco películas seguidas, casi siempre los domingos por la tarde. Pero entonces me explicaron que en este cine pasaban "noticiarios" y luego una película, y sin pausa empezaba todo de vuelta. Eso me llamó mucho la atención: ¡cómo que se pasan toda una tarde hasta la noche siempre con lo mismo! Esta asistencia a los "continuados" con ese grupo de personas se repetía en forma invariable todos los fines de semana, sábados o domingos después de un almuerzo. Pero en la concurrencia a este "biógrafo" también existía algo muy particular, que me llamaba la atención dado que no me explicaba por qué entrábamos todos a la sala sin sacar las entradas, es decir, sin pagar, lo hacíamos gratis. El único protocolo existente era simplemente saludar al portero, el cual nos devolvía una gran sonrisa, algún efusivo apretón de manos y hasta haciendo una reverencia nos abría la puerta de entrada a la sala. Una vez finalizada la sesión salíamos todos del cine, tomábamos un ómnibus o colectivo y nos íbamos al Estadio Centenario para ver fútbol. En realidad eso lo hacíamos mi padre y yo; el resto de este grupo no iba a mirar, sino a jugar. Se trataba de jugadores del Club Atlético Peñarol en donde mi progenitor (Pedro de Hegedüs, 1895 - 1961) era el preparador físico, y yo, un niño de apenas nueve años de edad y ávido del deporte, en este caso iba a ver fútbol de primer nivel desde una tribuna preferencial.
    Pero también recuerdo algo muy vívido e imborrable hasta los días actuales; era la experiencia que me tocó vivir con un jugador de ese equipo la cual quedó muy grabada en mis sentimientos. Éste me hizo una "promesa" muy firme: "si yo por alguna razón no puedo jugar - me decía - lo harás tú en lugar mío". Dicha "promesa" la recibí varias veces. Obviamente yo siempre me la creí debido a que este jugador me lo decía con toda la seriedad del mundo, sin el menor dejo de sonrisa, para que no vaya a pensar que ello era una simple broma o que no fuera cierto. Como el resto del plantel "concordaba" con él, me percaté que las cosas iban en serio. Por dicha causa "me tenía que entrenar", y por tal motivo, en ocasión de los entrenamientos, mientras la primera división jugaba contra la "reserva", yo me dedicaba a manejar la pelota detrás de algún arco tratando de imitar a los que estaban dentro de la cancha, y también acompañar los ejercicios de "calistenia" que dirigía mi padre.
    Pero pasado los años, varias décadas, ya siendo hombre maduro y habiendo transitado también en la actividad deportiva, primero como jugador de fútbol en la liga de mi barrio y luego como atleta, me di cuenta que bajo ningún punto de vista podría haber suplantado a ese jugador, que por más que me hubiera esforzado nunca podría haber tenido la personalidad que demostraba dentro de la cancha, que nunca podría haber hecho lo que él hizo, especialmente en los momentos decisivos de las grandes contiendas. Se trataba de una personalidad deportiva que llegó a convertirse en un verdadero mito para todo el ambiente futbolístico y aún fuera del mismo, que sus hazañas llegaron a trascender inclusive a nivel internacional y hasta docentes de la educación física orientados hacia las materias humanísticas lo tomaban en cuenta en cátedras de sociología y/o psicología deportiva. Esta persona a quien un pequeño como yo "tenía que suplantar" era nada menos que… Obdulio Varela
Obdulio Varela

Obdulio Varela (Obdulio Jacinto Muiño Varela)
    Este gran deportista nació en 1917 en la ciudad de Montevideo, R.O. del Uruguay. Se crió en un barrio de personas económicamente humildes y apenas si fue algunos pocos años a la escuela primaria. Era un chico asmático e hijo de padres separados. Comenzó a jugar al fútbol en los potreros de su barrio, luego en el club Deportivo Juventud, y en el año 1937 pasó a ser un jugador semi profesional en el legendario Club Montevideo Wanderers. En 1943 lo adquirió el Club Atlético Peñarol, institución que lo contó en sus filas hasta su retiro, en 1955. Debutó en el seleccionado uruguayo en 1939 y en 1942 fue campeón sudamericano.
    ¿Cómo era Obdulio Varela desde el punto de vista técnico? Ocupaba lo que ahora se designa como "volante", pero que en aquellas épocas se designaba como "centre hall" (o el dicho común rioplatense de "centrojá"). Su rendimiento técnico era nada más que aceptable, o quizás solamente bueno. No era muy veloz al correr, tampco corpulento, dominaba los distintos recursos técnicos dentro de lo que se esperaría normalmente de un jugador de primera división y nada más. En ese aspecto no sobresalía. Pero, ¿en donde estibaba entonces el hecho de que se haya convertido en un personaje futbolístico que llegó a trascender a través de la historia deportiva del mundo? En su personalidad. Ello significó ganarse el apodo de "negro jefe". Sin gritos y sin histerias sabía poner en vereda con severidad a sus compañeros de equipo cuando éstos no hacían las cosas como debían; bastaban unas pocas palabras, o quizás una mirada llena de rigor como la de un padre severo con sus hijos para darse cuenta que se tenía que poner mayor empeño en tal o cual aspecto del juego. Asimismo fue muy respetado por sus rivales ocasionales, los cuales sabían que con este "gran negro" no era conveniente buscar problemas. Aunque Obdulio Varela fue un jugador del tipo recio, siempre fue partidario del juego limpio, sin mañas, desdeñando la brutalidad. En cierta ocasión, como capitán del conjunto de Peñarol, un adversario golpeó brutalmente y con toda alevosía a uno de sus compañeros. La agresividad de ese contrario ameritaba la expulsión inmediata del juego, ello era evidente. Pero de forma inexplicable, dicha falta se sancionó como una simple contingencia del juego. Obdulio Varela tomó de inmediato el balón, se dirigió al juez, y de manera respetuosa le observó que si en algún momento algún jugador de su equipo, es decir, de Peñarol, cometía semejante acto de brutalidad, le pedía por favor que lo expulsara de la cancha, puesto que él, como capitán, no podría tolerar que uno de los suyos realizara semejante acto tan desdeñable.
    Pero la gran personalidad de Obdulio Varela se pudo plasmar con nitidez en lo ocurrido en Julio del año 1950, en ocasión del IV Campeonato Mundial de Fútbol disputado en la ciudad de Río de Janeiro. Su actuación en dicho torneo fue lo que lo catapulto realmente a la gran historia del mundo futbolístico, y quizás de todo el deporte. Aquí se pudo palpar por parte de este hombre sus recursos psicoemocionales, la verdadera astucia, el conocimiento o la perspicacia para llegar a percibir las virtudes y también el "talón de Aquiles" de los adversarios, y de acuerdo a ello determinar la forma adecuada para manipular o aprovechar las distintas reacciones de los mismos en beneficio propio.

Maracaná, 1950 (el "Marcanazo")
    Es indudable que Brasil se presentaba como favorito indiscutible, conformando un equipo de grandes jugadores, muy bien entrenados, los cuales tenían tras de sí a una "torcida" (partidarios) de más de cien millones de habitantes. Todo Brasil palpitaba tras su equipo del cual se esperaba que obtuviera el título máximo: la copa de oro "Jules Rimet". Es cierto que los países europeos no estaban en su mejor momento dado que hacía apenas cinco años que habían salido de los horrores de la II Guerra Mundial. Por dicha causa no existió en ese entonces partidos clasificatorios por zonas como lo es en los días actuales.
    En dicho evento participaban, además de los locales, México, Yugoslavia, Suiza, Inglaterra, Chile, España, Estados Unidos, Suecia, Italia, Paraguay, Bolivia y Uruguay. Como dato anecdótico con respecto a los partidos preliminares en Brasil, se puede mencionar que los Estados Unidos ganó solamente un partido, el cual fue… a Inglaterra (1 - 0).
    Para la rueda final quedaron cuatro equipos: Brasil, Suecia, España y Uruguay. Los uruguayos, los cuales tenían un equipo bastante bueno, tuvieron en su serie solamente a un adversario, Bolivia, al cual derrotaron en forma contundente: 8 - 0. Las características de los partidos finales fue que todos tenían que jugar contra todos, es decir, no había eliminatorias. Aquí fue en donde Brasil mostró su gran envergadura como equipo. El 9 de julio Brasil se enfrenta a Suecia; victoria contundente de los primeros: 7 -1. En la misma fecha Uruguay se enfrentó a España en la ciudad de Belho Horizonte. Los españoles se imponían a los uruguayos 2 -1, pero estos últimos lograron recobrarse, y hasta jugando con desesperación (prácticamente todo el conjunto "celeste" estaba sobre el área rival) lograron emparejar el tanteador. El gol lo hizo precisamente Obdulio Varela, lo cual sorprendió a muchos puesto que el "negro jefe" nunca había sido goleador. En su segundo encuentro, el día 16, Brasil enfrenta a España. Los brasileños fueron realmente una "aplanadora" dado que vencieron a los de la península por 6 - 1. Los uruguayos, por su lado, tuvieron como rival a Suecia en San Pablo. Estos últimos, entrando al segundo tiempo estaban al frente: 2 - 1. El panorama era realmente desesperante para los "orientales", pero con gran esfuerzo y entrega física, empatan el juego y faltando poco para la finalización del encuentro convierten un gol de "oro", revirtiendo el tanteador: 3 - 2.
    Así estaban las cosas para el encuentro final entre Brasil y Uruguay. Los jugadores brasileños mostraron la gran contundencia que se esperaba de ellos: 13 goles en dos partidos y solo 2 en contra: los uruguayos 5 a favor y 4 en contra. Las perspectivas estaban realmente a favor de Brasil; de los uruguayos se esperaba, como máximo, una actuación solamente honrosa para el enfrentamiento final. Brasil, por su parte, con solo empatar se coronaría virtual campeón del mundo. El partido final se desarrolló el día 16 de julio.

La gran final
    El estadio de Maracaná ya estaba lleno desde tempranas horas de la mañana, dado que para los brasileños la final del campeonato mundial se convirtió en una verdadera fiesta nacional. Tenían todas las de ganar puesto que su escuadra estaba demostrando una eficiencia de primerísimo nivel; ¡qué se podría esperar del equipo uruguayo, el cual apenas si pudo con rivales que ellos, los brasileños, prácticamente demolieron con toda facilidad!
    Es muy interesante lo que se desarrolló en el vestuario de los orientales previo a su salida a la cancha. Uno de los dirigentes entró a dicho recinto para "alentar" a los jugadores y les expresó que "perdiendo por menos de cuatro goles de diferencia se salvaba el honor". Rápidamente Obdulio Varela salió al cruce y respondió con verdadera autoridad: "¿perder?... ¡Nosotros vamos a ganar este partido! ". También de ese ambiente salió una famosa frase en cuanto a que "Los de afuera son de palo". Algunos se la han atribuido a Obdulio Varela, mientras que otros a uno de los marcadores de punta, el recordado Schubert Gambeta (1920 - 1991). En realidad no importa de quien se originó dicha frase, pero ese era el espíritu de todo el conjunto uruguayo al salir a la cancha: "¡¡los de afuera son de palo!! ". Obdulio Varela agregó algo muy importante antes de salir al campo, "muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba… ¡vamos a salir a ganar el partido! ".

La salida a la cancha
    El mismo Varela reconoció años más tarde que estaba muy conciente de lo que sería salir al campo de juego, de enfrentarse a esa "olla caliente" del estadio de Maracaná ocupada por casi doscientas mil personas ? el estadio deportivo más grande del mundo, comparándolo inclusive con el de Berlín, en donde se habían realizado los Juegos Olímpicos del año 1936 ? las cuales alentarían a su equipo, que era favorito y en el cual prácticamente no habrían partidarios para el conjunto uruguayo. Teniendo esto en cuenta, Obdulio Varela, que obviamente era el capitán del equipo, los reunió poco antes de entrar al túnel que los conduciría a la cancha y con toda claridad les dio la siguiente instrucción: "Salgan tranquilos, no miren para arriba. Nunca miren a la tribuna… EL PARTIDO SE JUEGA ABAJO". 
Estadio de Maracaná. Inaugurado en Julio de 1950 para el IV Campeonato Mundial de Fútbol.
En ese entonces tenía capacidad para 200 mil personas.
    Con estas directivas del gran capitán, el equipo salió a la cancha, incluso lo hicieron despacio, caminando, como dando a entender que estaban muy, pero muy tranquilos. Obviamente la entrada de los locales fue verdaderamente apoteósica, ello se pudo percibir por las distintas estaciones radiales que transmitían el partido tanto para Brasil como el Uruguay y en donde apenas si se pudieron escuchar las palabras de los locutores debido al ruido ensordecedor que emanaba desde las tribunas.

El desarrollo del partido, un hecho insólito y el triunfo
    El comienzo del encuentro fue muy favorable al equipo brasileño, el cual, mediante su accionar estaba demostrando claramente que era el favorito, jugadas claras, de gran precisión, lo que de alguna forma hizo lucir reiteradas veces al arquero uruguayo Roque Gastón Máspoli (1917 - 2004). Brasil seguía dominando el juego, atacando constantemente; pero estaba ocurriendo algo llamativo: los locales no podían convertir ningún gol. Es cierto que dominaban el juego, que ellos eran los que tenían en forma repetitiva el balón en sus pies, pero la defensa uruguaya era un verdadero muro de acero. De esta forma concluyó el primer tiempo de juego: 0 - 0, lo que de todas formas ya otorgaba la copa Jules Rimet a los locales: con sólo empatar ya eran campeones.
    Comenzó el segundo tiempo, y ante un descuido de la defensa uruguaya, apenas a los 2 minutos de iniciado el juego el equipo brasileño convierte un gol. Si la entrada de estos al estadio había sido apoteósica, en esta ocasión el grito eufórico de los asistentes al encuentro se escuchó prácticamente a varios kilómetros del estadio. Todo Brasil estaba radiante, eufórico, ¡ya podían comenzar a festejar!
    Pero a continuación ocurrió un hecho insólito, sumamente llamativo y que tomó a todos por sorpresa. Fue una situación que verdaderamente hizo historia, que de cierta forma "paralizó" tanto a brasileños como uruguayos y que causo una especie del "quiebre" en el desarrollo del encuentro, que revirtió todo lo realizado hasta ese momento por ambos contrincantes. Fue una situación que nadie hubiera imaginado. ¿Qué fue entonces lo que sucedió? No bien el jugador Albino Cardoso Friaça (1924 - ) convirtió su tanto, Obdulio Varela tomó rápidamente la pelota, y sin desprenderse de ella se dirigió al juez, Mr. George Harris (de Inglaterra) para quejarse dado que para él, ese gol debía de anularse, había sido hecho en situación de "fuera de juego", es decir, "off side". Obviamente el "negro jefe" hizo su reclamo en el idioma español, pero como el árbitro de las Islas Británicas no hablaba dicho idioma, hubo que llamar a un intérprete; este tardó en llegar, con lo cual el tiempo estaba pasando y por dicho motivo el reinicio del juego se demoraba . Según se relata en el libro del periodista deportivo uruguayo Juan Pippo titulado "Obdulio Varela: desde el alma", "¿La verdad? Yo había visto al juez de línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran… me insultaba el estadio entero ? obviamente por la demora del juego ? pero no tuve temor... ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Sabía lo que estaba haciendo", agregó. "(...) "Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego, si no lo aquietábamos, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido".
    El parlamento entre el capitán de los uruguayos y el árbitro del partido se prolongó durante varios minutos; ello causó lo que Obdulio Varela esperaba, el objetivo tan deseado, dado que él sabía muy bien lo que ello significaría: enfriar a los brasileños, tanto jugadores como también al público. Luego de ello les dijo a sus compañeros con un espíritu muy, pero muy positivo, "bueno, se acabó, ahora vamos a ganarles a estos 'japoneses'", término que utilizaba con frecuencia para referirse a cualquier extranjero. De esta forma el "negro jefe" le entregó el balón a Mr. Harris para reiniciar el juego. El escritor Osvaldo Soriano comentó sobre la perspicacia de obdulio Varela: "No tuvo oído para los brasileños que lo insultaban porque comprendían su maniobra genial: Obdulio enfriaba los ánimos, ponía distancia entre el gol y la reanudación para que, desde entonces, el partido ? y el rival ? fueran otros. Hubo un intérprete, una estirada charla, algo tediosa, entre el juez y el morocho. El estadio estaba en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo". Todo esto era muy cierto dado que Obdulio Varela tuvo toda la razón. Los uruguayos comenzaron a dominar el juego, de tal forma que a los 17 minutos del segundo tiempo Juan Alberto Schiaffino (1925 - 2002) produjo el empate. Los brasileños no lo podían creer, ¡les habían igualado en el marcador! Estos ya no eran ni sombra de lo que había sido en los encuentros anteriores y tampoco como se habían manejado durante el primer tiempo de este encuentro: estaban como "congelados" y en cierta forma como asustados. Esto mismo lo destacó el arquero uruguayo Máspoli más adelante: "ellos no respondían…en una jugada, un muchacho brasileño se cayó, lo ayudé a levantarse y le palmeé la cara, porque nos conocíamos todos, ¡Estaba helado, pálido! El empate los mató". De todas maneras, con sólo mantener el empate, ya eran virtualmente los campeones del mundo. Pero faltando diez minutos para finalizar el partido se produjo la verdadera catástrofe deportiva para ellos. El puntero derecho uruguayo Alcides Edgardo Ghiggia (1926 - ) recibe un pase, amaga tirar la pelota hacia el centro del área. El arquero brasileño reacciona como era debido dado que comienza a desplazarse desde el palo izquierdo hacia el centro en espera de que el puntero uruguayo levante el centro y cubrir de esta forma todo el arco. Pero éste hace todo lo contrario, lo que no se esperaba, dado que patea directamente al arco y el balón entra hasta el fondo de la red entre el arquero Moacir Barboza (1921 - 2000) y el palo izquierdo, un espacio que no fue mayor a un metro. Más adelante el jugador uruguayo comentaría "Barboza hizo lo lógico y yo lo ilógico", aunque también agregó, "sólo tres personas silenciaron el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra… y yo". A partir de ese momento se presentaron dos tendencias psicológicas distintas, dos formas antagónicas de ver el partido; para los brasileños el tiempo que quedaba hasta el final se veía sumamente reducido, los minutos corrían para ellos a gran velocidad; para los uruguayos, en cambio, especialmente los que escuchaban el encuentro a través de la radiofonía, ese mismo lapso se convirtió en una eternidad. ¡Para Brasil y Uruguay las manecillas del reloj "se desplazan a distintas velocidades"! 
Segundo gol uruguayo convertido por E. A. Ghiggia. En el suelo yace impotente el arquero Barboza,
mientras que uno de los defensores brasileños se agarra la cabeza.
Ghiggia sigue corriendo festejando el tanto.
    Sobre la finalización del encuentro el equipo de Brasil creó algunas situaciones de riesgo para los orientales, pero finalmente el tanteador no se modificó: 2 a 1 a favor de estos últimos. Cuando Mr. Harris tocó la pitada dando por finalizado el encuentro obviamente las reacciones fueron diametralmente opuestas. La alegría y euforia para los uruguayos y la enorme desazón, tristeza y estupor para todo el Brasil. Era inconcebible lo que había sucedido dado que la Copa "Jules Rimet" prácticamente se les había "resbalado" de sus manos. De todas formas el público brasileño que llenaba el estadio se comportó de manera sobresaliente, ejemplar, ni un grito adverso, violencia, o alguna palabra de más. El reconocimiento a los jugadores orientales llegó a tal nivel, que al día siguiente del encuentro, al ir éstos de compras por la ciudad, los comerciantes hasta les regalaron lo que querían comprar. El público brasileño mereció el mayor de los encomios por su conducta.

La situación después del encuentro final: la empatía de un gran jugador
    Dentro del protocolo de los campeonatos mundiales de fútbol está determinado que una vez finalizado el encuentro final, el presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, FIFA, debe entregar la copa que se adjudica al ganador del torneo o partido final. En este caso se trataba de la "taça" Jules Rimet (1873 - 1955), debido a que dicho persona era el que en ese momento ocupaba esa posición de privilegio. Pasado cierto tiempo él mismo relató lo que le ocurrió en aquella ocasión de la final del Campeonato Mundial.
    "...Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber que hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo... ".
    Es de hacer notar que el "negro jefe" se dio cuenta de la sorpresa del Dr. Jules Rimet al aparecer en la cancha, pudo percibir su incertidumbre dado que éste empezó a deambular de un lado para el otro sin saber qué era lo que tenía que hacer. Obviamente el presidente de la FIFA estaba preparado para un protocolo específico, pero ahora se encontraba sorpresivamente ante un libreto completamente cambiado, diferente. Obdulio Varela se dio cuenta que Rimet estuvo por darle la copa al capitán de los brasileños: aparentemente el Presidente de la FIFA no se había enterado que los uruguayos había convertido el segundo gol y habían ganado el partido. Por dicho motivo el "negro jefe" se dirigió hacia él y prácticamente tuvo que sacarle el trofeo de las manos. Dentro del campo de juego había inclusive una banda, la cual tocaría el himno del país que se adjudicaba el torneo, es decir, estaba preparada para ejecutar el himno del Brasil junto a un podio que se instalaría no bien finalizara el encuentro. Dada las inesperadas circunstancias el mismo no se instaló ni tampoco se tocó himno alguno. El cuerpo de custodia que acompañó a Jules Rimet a la cancha lo hizo prácticamente llorando. Este fue pues el desenlace final del partido.
    Pero, ¿qué fue lo que hicieron los jugadores uruguayos una vez que finalizó la "ceremonia" de entrega de la Copa y se retiraron del estadio? Salieron a divertirse y festejar el triunfo en la costanera de la hermosa playa de Copacabana. Obviamente tenían todos los merecimientos para ello. Pero en dicho grupo faltó alguien; fue nada menos que el personaje que cargó sobre sus espaldas la gran responsabilidad del triunfo, uno que mediante el empuje de su personalidad había hecho revertir algo que se consideraba como una "misión imposible": Obdulio Varela. Éste se dio cuenta de cuáles habían sido las consecuencias del triunfo de los orientales. Sin que sus compañeros se dieran cuenta, prácticamente se escapó del modesto hotel en donde se habían alojado y comenzó a deambular en solitario por la ciudad carioca, las cuales prácticamente también estaban vacías. Según él mismo lo relató más adelante, entró a un bar y "me puse a tomar 'caña' (aguardiente de caña) esperando que no me reconocieran, porque creía que si eso sucedía me matarían. Pero me reconocieron enseguida y, para mi sorpresa, me felicitaron, me abrazaron y muchos de ellos se quedaron bebiendo conmigo hasta la madrugada", contó a la agencia dpa en una entrevista realizada en 1993. ¿Cuál fue el motivo de esta conducta por parte del capitán del equipo oriental? El sentir que en cierta forma él fue muy responsable del triunfo ante el equipo brasileño, de la gran tristeza que embargaba a toda esa nación, de la enorme desazón que se les había provocado por la derrota ante los uruguayos; se supo de casos de infartos y hasta suicidios. El "negro jefe" sintió gran empatía por el dolor de toda esa gigantesca nación; él mismo sintió una enorme pena, la cual llegó a ser más intensa que la euforia por la cual pasó no bien había finalizado el encuentro con los brasileños.
    Obdulio Varela regresó al hotel en donde estaban alojados cuando ya estaba despuntando el alba.

Epílogo
    En la historia del fútbol son muy contados los casos de gestas como la del Uruguay en el IV Campeonato Mundial de Fútbol, en donde un hombre, de un inmenso carisma, se convirtió en el factor decisivo para una gesta deportiva. El deporte del fútbol ha dado grandes personajes que han pasado a la historia por la brillantes de sus respectivos desempeños: Edson Arantes do Nascimento, comúnmente llamado como "Pelé", Ferenc Puskás, Alfredo Di Stefano, Johan Cruyff, Michel Platiní, Gerd Müller, Franz Beckenbauer, Lothar Mattheus, Paolo Maldini, Ronaldo (Luís Nazario), Diego Armando Maradona, Zinedine Zidane y muchísimos más que se pudieran citar. Pero en todos ellos hubo una característica muy específica: el dominio sobresaliente de los distintos recursos técnicos, los cuales los hacían prácticamente incomparables y hasta brillantes. En cierta forma cada uno de ellos se puede constituir como modelo técnico para la enorme cantidad de variantes que presenta este hermoso deporte de conjunto. Pero es bastante difícil encontrar un deportista que con recursos técnicos bastante inferiores a los anteriormente nombrados haya sido el motor para el gran triunfo en la final de un campeonato mundial, y se haya convertido en un personaje mítico al mismo nivel que los anteriormente nombrados.
    Además, es necesario destacar el elemento ético de Obdulio Varela ante la vida y según fue pasando el tiempo hasta su fallecimiento. Se retiró en el año 1955 para dedicarse a su muy querida esposa, a sus seres queridos. El mayor espacio de su vida era para su familia y sus amigos más cercanos. Durante el resto de su vida fue muy requerido por la prensa, la escrita, radial y luego también la televisiva. Casi siempre rehusó a la misma. En las varias décadas que siguieron a su retiro, en muy pocas ocasiones se pudo conversar con él para algún reportaje. Dentro de esa gran personalidad, vital en todo sentido, de postura firme, sólida, se ocultaba también un hombre humilde, el cual nunca quiso que lo endiosaran dado que también reconocía sus limitados alcances como ser humano. Es indudable que detrás de todas aquellas personalidades que buscan el primer plano a cualquier costo, la necesidad imperiosa de ser reconocidos, de ser entrevistados, mostrados, existe alguna debilidad emocional, búsqueda de afirmación de la personalidad. Sin la misma se encuentran como "vacíos", desprotegidos, débiles y aparentemente sin asidero en la vida. Obdulio Varela no necesitaba de estos "puntos de apoyo" debido a que se encontraba muy por encima de todas esas carencias. Su propia persona, sus seres queridos y sus pocos amigos de la intimidad eran suficientes para encontrar la dicha en la vida. Sin embargo, este hombre que hasta podía asustar al mismísimo diablo cuando se ponía serio, era también de una personalidad muy sensible. En 1996 fallece el gran amor de su vida, su esposa Catalina. Obdulio Varela no pudo soportar la pérdida de ésta, y a los pocos meses, exactamente el 2 de agosto del mismo año él también sucumbe ante la muerte. El Presidente de la República, en ese momento el Dr. Julio María Sanguinetti dispuso que se le tributaran honores especiales. Prácticamente todo el Uruguay estuvo de duelo y lloró por la pérdida del famoso "negro jefe".

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Obdulio Varela capitaneó a Uruguay el día del 'Maracanazo'

El "Maracanazo":






link: http://www.youtube.com/watch?v=6pMmRFKKZfk

'El  Jefe' supo cambiar el  de una final que tenía grabado de antemano el nombre de Brasil. Fue el autor intelectual del 'Maracanazo' de Uruguay  1950.

Ahora que Uruguay vuelve reinar tras convertirse en el equipo más ganador de la Copa América, tenemos una ocasión ideal para rendir homenaje a Obdulio Varela (Paysandú, Uruguay, 20 de septiembre de 1917- 2 de agosto de 1996), el hombre que dotó a la Celeste de la famosa alma guerrera que aún hoy ese país luce con orgullo cada vez que salta a un campo de fútbol. Varela, el Negro Jefe, fue el origen de la garra charrúa.

Aunque ganó seis ligas con Peñarol (previo paso por Wanderers y Deportivo Juventud), Varela se granjeó el reconocimiento universal gracias a sus actuaciones con Uruguay, selección con la que nunca perdió un partido en una fase final de un Mundial y a la que capitaneó de 1941 a 1954. Es decir, a la que capitaneó durante la final de la Copa del mundo de 1950, donde la Celeste provocó la 'tragedia' más grande de la historia de los Mundiales al privar a Brasil de 'su' Copa, en Maracaná y ante 200.000 personas.

Aquella tarde a Brasil le bastaba empatar, aunque se adelantó por medio de Friaca, pero en la recta final Schiaffino y Ghiggia voltearon el partido. Para ellos fueron las mieles de los goles, pero Varela se llevó la gloria de esa final. Todos reconocieron que fue el Negro Jefe quien evitó que Uruguay se viniera abajo, se entregara y se sometiera a lo que supuestamente les tenía reservado el destino. Incluso los dirigentes uruguayos antes del choque les dijeron que bastaba con no perder por más de 3 ó 4 goles. "¿Perder? Vamos a ganar ese partido", dijo en alto para que le oyeran sus compañeros.

Lo fundamental para tener opciones era fortalecerse mentalmente, y Varela se encargó de ello en el túnel de vestuarios: "No piensen en toda esa gente, no miren para arriba. El partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Nunca pasó nada", les gritaba a sus compañeros antes de lanzar su mítica frase: "¡Los de afuera son de palo!". Pero el momento clave fue recomponer a la tropa tras el gol de Brasil. La maniobra efectuada para ello muestra hasta qué punto se puede manejar psicológicamente un partido.

Lo primero que hizo fue protestar al árbitro un fuera de juego inexistente, llevando la discusión al extremo de pedir un intérprete para poder comunicarse con el colegiado. Con el balón bajo el brazo, logró desconcertar a los brasileños, calmar la euforia y silenciar Maracaná. El único objetivo, que Brasil, con la emoción del primer gol, no se los llevara por delante: "Me insultaba el estadio entero por la demora. ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Me di cuenta que si no enfriábamos el juego esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido".

Mientras montaba el numerito, Varela se fijo en los brasileños, percibió el silencio, la tensión por levantar 'su' Copa y el respeto que tenían a Uruguay. Y se dirigió a sus compañeros: "Ahora sí vamos a ganar el partido". Así fue. Sabedores de que la presión no dejaba pensar al rival, los uruguayos se hicieron dueños del juego, con Varela en el mediocentro dirigiendo las operaciones con balón (nadie podía quitársela) y sin él (ordenaba a sus compañeros como piezas de ajedrez). Consumada la remontada, Jules Rimet, presidente de la FIFA, entregó la Copa a Uruguay casi a escondidas, con el discurso que había preparado para Brasil aún en el bolsillo. "Entregué la estatuilla de oro y me retiré sin decir una palabra de felicitación", recordaba Rimet, desconcertado.



Siempre alejado de los focos

A Obdulio Varela nunca le gustaron los focos, ni siquiera cuando se convirtió en el estandarte uruguayo, y concedió poquísimas entrevistas ,decía que "en los periódicos solo hay dos verdades: el precio y la fecha". Incluso renunció a percibir una prima mayor que sus compañeros de selección (se la gastó, por cierto, en un Ford modelo 1931 que le robaron al cabo de una semana) y prefirió celebrar el título por su lado en los bares de Brasil: "Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos", explicaba.

El marketing nunca fue con él y cuando Peñarol firmó su primer contrato para llevar publicidad en la camiseta, Varela se negó a portarla: "Ya pasó el tiempo en el que a los negros nos señalaban con argollas", tiró. Lo único que le importaba era el fútbol y dar ejemplo a sus compañeros, legitimado por el brazalete: "Si alguno de mis futbolistas da una patada como la que aquel señor acaba de dar, le ruego que lo expulse, porque en mi equipo un jugador que pega así no merece seguir en la cancha", le dijo un árbitro durante un Peñarol-Nacional. Era Obdulio Varela, de profesión, capitán de fútbol.



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Cronica de Ghiggia, un Heroe del Maracaná


En el minuto 34 este diminuto velocista puso el 2 a1, en la mas grande Epopeya del Futbol
Una Victoria que puso a este grupo a la par de los genios de los años 20, y cuyo buen futbol seguiría hasta el mundial siguiente.
Uruguay hizo una proeza, David venció nuevamente a Goliath!
Esta es la crónica de uno de esos héroes.
Ciao.
Ramon.



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Corre Ghiggia corre

Alcides Edgardo Barreiro, Alcides Edgardo Bentancor, Alcides Edgardo Caraballo, Alcides Edgardo Chans, Alcides Edgardo Di Ciocco... En Uruguay la guía telefónica está llena de personas llamadas Alcides Edgardo en honor a Alcides Edgardo Ghiggia, el campeón del mundo, cuya hazaña no hay uruguayo -ni brasileño- que no conozca.
Quizás por eso la noticia golpeó tan fuerte. “Ghiggia remató medallas de su glorioso pasado deportivo”, tituló el diario La República el 5 de junio.
“Ghiggia –decía la crónica- debió desprenderse de varios recuerdos que atesoraba de su glorioso pasado deportivo y remató varias medallas para lograr ingresos que le permitieran solucionar problemas impostergables...”.
La medalla más valiosa fue rematada en 1.600 dólares y la compró un integrante de la empresa Tenfield, propiedad del polémico Paco Casal, magnate del fútbol, representante de la inmensa mayoría de los jugadores uruguayos de hoy y de los derechos de televisión de todas las actividades de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Era la medalla que Ghiggia había ganado por la hazaña de Maracaná.

Rio de Janeiro, 1950 
Ocurrió el 16 de julio. Ese día Brasil y Uruguay jugaban la final de la Copa del Mundo en el estadio de Maracaná, especialmente construido para la ocasión y con 200.000 personas en sus tribunas. Brasil había organizado el Mundial para ser por primera vez campeón del mundo. Y estaba a punto de conseguirlo.
La selección brasileña había ganado sus dos partidos anteriores por goleadas históricas: 6 a 1 a España y 7 a 1 a Suecia. Era la prueba de que aquel equipo era invencible. Uruguay, el otro finalista, apenas había derrotado 3 a 2 a los suecos y con los españoles tan sólo había empatado 1 a 1. La consagración de Brasil como campeón mundial era un hecho y el partido contra los uruguayos un mero trámite.
Pero las cosas no salieron como el mundo entero esperaba y el principal responsable fue Ghiggia.
Los brasileños lo conocían poco. Sabían todo sobre Obdulio Varela, el veterano capitán uruguayo, de temple legendario. Pero Ghiggia era joven, nuevo en la selección, recién hacía un año que era titular en Peñarol. Cuando llegó a Brasil para jugar la Copa del Mundo todavía era un don nadie en el mundo de fútbol. Pero ya en el primer partido de Uruguay hizo un gol. Y en el segundo hizo otro. Y en el tercero otro. Todavía hoy aparece en las estadísticas de la FIFA como uno de los dos únicos futbolistas que llegaron a jugar una final de la Copa del Mundo e hicieron goles en todos los partidos que disputaron en ese mundial.
El cuarto partido de Ghiggia en aquella Copa del Mundo fue la final contra Brasil.

Las Piedras, 2002Las Piedras queda a 40 kilómetros de Montevideo. Es una pequeña ciudad rodeada de granjas y viñedos, de oficinistas y obreros que se levantan temprano para ir a trabajar a la capital. Una ciudad de gente humilde. Allí vive Ghiggia desde hace tres o cuatro años, cuando dejó Montevideo.
Todos lo conocen. Dicen que para encontrarlo hay que preguntar en el último puesto de la feria, al lado de las vías del tren.
La feria de Las Piedras es el refugio de los desempleados. Algunos montan allí su puestito para ganarse la vida vendiendo baratijas. Otros van allí a gastarse sus pocos pesos.
A lo largo de dos cuadras, se venden los productos más baratos: ropa made in China, zapatillas de marcas falsas, sospechosos whiskys fabricados en Brasil, refrescos de contrabando. El último puesto, que vende ropa de bebé barata, es atendido por una mujer joven. Es la esposa del viejo campeón.

Rio de Janeiro, 1950
Ghiggia era el puntero derecho. En el vestuario, antes de pisar el césped de Maracaná, el técnico y sus compañeros se pusieron de acuerdo en pasarle la mayor cantidad de pelotas, con envíos largos, porque su velocidad era la carta de triunfo de Uruguay. “Cuando se previeron los movimientos colectivos, hubo acuerdo en que el partido estaba por la derecha, ahí recaería el juego. (Ghiggia) se hallaba en su esplendor físico y técnico y era sabido por todos que no temía a Dios ni al diablo”, relata Franklin Morales en su libro Maracaná, los laberintos del carácter, la investigación más completa sobre lo que ocurrió aquel día.
El primer tiempo terminó cero a cero y, apenas un minuto después de iniciada la segunda parte, llegó el gol de Brasil. Todos esperaban que llegara otro gol brasileño y otro y otro y otro, pero entonces apareció Ghiggia.
En el minuto 65, Obdulio le pasó la pelota. El puntero dejó atrás a Bigode, su marcador, y enfiló hacia el área brasileña. Al llegar, mandó con precisión la pelota al medio, para Alberto Schiaffino, que pateó y empató el partido.
La igualdad todavía hacía campeón del mundo a Brasil. Pero 13 minutos después, Ghiggia volvió a escapar con la pelota, en una electrizante corrida que duró apenas seis segundos pero, más de medio siglo después, no hay amante del fútbol que no la conozca.
Desde entonces, todos los 16 de julio las radios uruguayas vuelven a emitir el relato de aquella jugada, la más mítica de la historia de la Copa del Mundo:
“Defiende Tejera. Vuelve para Danilo. Danilo perdió con Julio Pérez, que entregó inmediatamente en dirección de Míguez. Míguez devolvió a Julio Pérez que está luchando con Jair, todavía dentro del campo uruguayo. Dio para Ghiggia. Ghiggia devuelve a Julio Pérez que da en profundidad al puntero derecho. ¡Corre Ghiggia! ¡Corre Ghiggia! ¡Se aproxima al arco de Brasil y tira! ¡Gol! ¡Gol de Uruguay! ¡Ghiggia! Segundo gol de Uruguay. Dos a uno, gana Uruguay...”

Ghiggia acaba de convertir el gol del siglo.

Montevideo, 2002
El anuncio de que Ghiggia había rematado su medalla de Maracaná desató una tormenta en Montevideo.
En pocos días, el diario El País, el más influyente y de mayor circulación en Uruguay, editorializó dos veces al respecto. Dijo que la noticia de la subasta “estremeció a todos los uruguayos y les llegó a las fibras más íntimas” y llamó a todos a contribuir para solucionar “la difícil situación económica por la que atraviesa Ghiggia”.
No todos estuvieron de acuerdo y la polémica se extendió. En el semanarioBúsqueda un lector dijo que Ghiggia no merecía ayuda: “la venta es un insulto, es una cuestión de ética, esas cosas no se venden”.
Pese a todo, la noticia fue manejada con pudor por la prensa. A diferencia de lo que habría pasado en la vecina Argentina, ningún medio ahondó en cuáles eran las miserias económicas que motivaban el gesto desesperado, ni se publicaron detalles de la vida privada de Ghiggia, de la que el público poco conoce. La mayoría, en cambio, cargó las tintas contra el Estado y el pueblo en general por no saber retribuir a su gran campeón.
“Nunca el pueblo y el país le dio el apoyo material que debería haber tenido por ser una verdadera leyenda”, escribió un empresario que anunció que estaba dispuesto a comprar la medalla para devolvérsela a Ghiggia.
Fueron tantos los reclamos de una mayor ayuda oficial a Ghiggia, que el viceministro de Educación y Cultura detalló en la televisión todo lo que Uruguay le ha dado a los campeones de Maracaná.
Mientras, la noticia daba la vuelta al mundo. El mismo 5 de junio Folha de Sao Paulo informó del remate en su página de internet. Y el Corriere Della Seratituló en su edición del 9 de junio: “Ghiggia è in miseria. Ha venduto tutto per poter sopravvivere”.
“Hoy, en su país, no ha encontrado quien lo ayude y se ha visto obligado a ‘empeñar la gloria’ para comer. ¿Dónde murió la solidaridad?”, escribió el periodista italiano.

Roma, 1953
Ghiggia fue rico. Nació en 1926 en una familia de clase media, en la época dorada del Uruguay, y vivió una infancia sin privaciones.
De adolescente jugó al básquetbol, pero luego se hizo futbolista y en 1948 llegó a Peñarol: al año siguiente ya se consagró campeón uruguayo con la camiseta amarilla y negra, la más popular del país junto con la de Nacional, el otro grande del fútbol uruguayo. Su excepcional habilidad y velocidad lo llevaron muy rápido a la selección nacional. Luego del triunfo de Maracaná, volvió a Peñarol y en 1951 ganó otra vez el Campeonato Uruguayo. Ya entonces cobraba muy buen dinero.
“En Peñarol yo ganaba 800 pesos por mes. Y eso era plata, eh, mire que yo salía con otro muchacho y nos íbamos de garufa con diez pesos, y éramos unos reyes. Creo que el peso estaba a la par del dólar”, relató Ghiggia en una de las pocas y raras entrevistas que ha concedido en Uruguay en los últimos años.
En 1953 dejó Peñarol para ir a jugar a la Roma de Italia. En aquella época, muy pocos futbolistas sudamericanos eran contratados en Europa. Pero Ghiggia -después de Maracaná- era una figura de prestigio mundial.
Su contratación marcó un antes y un después en la historia del club italiano. En la página de internet de la Roma, el periodista Franco Dominici cuenta cómo fue la llegada de Ghiggia a Italia. Un telegrama confirmó la transferencia desde Peñarol en momentos en que el presidente del club, Renato Sacerdoti, dirigía una asamblea de fanáticos. Cuando alguien le alcanzó el telegrama, interrumpió la conversación y pidió silencio. Cuando todos callaron, hizo el anuncio solemne: “hace pocas horas se ha concretado la contratación de un famoso campeón del mundo: ¡Alcide Ghiggia!”. La asamblea estalló en un atronador aplauso.
El 13 de julio de 1953 la hinchada de Roma lo estaba esperando en el aeropuerto. Existía tal expectativa, que al otro día 55.000 tifossi fueron a verlo debutar en un partido amistoso contra el club inglés Charlton. Todavía no había firmado contrato, pero no pudo negarse a jugar.
Permaneció nueve años en Italia: ocho temporadas con la Roma –con el que ganó una copa europea- y una en el Milan –con el que fue campeón italiano. Por sus actuaciones, y aprovechando su origen, fue convocado a defender a la selección nacional. Económicamente, allí ganó mejor que en Peñarol. “Allá ganaba más”, relató en la misma entrevista. “En dos años hice doce millones de liras. No sé cuanto era, pero sé que me favorecía”.

Las Piedras, 2002“Lo dramático de este hombre es que no tiene donde vivir, ¡con todo lo que ganó en su vida!”, dice su esposa, mientras nos lleva a la casa donde viven.
Hace dos años que están casados y seis que viven juntos. Hoy ella tiene 30 años y Ghiggia, aunque aparente menos, ya cumplió 75. Se conocieron en una academia de choferes de Las Piedras, donde hasta hace no mucho el héroe de Maracaná daba clases de conducir.
Cuando se le pregunta a Ghiggia cómo un hombre de su edad conquista a una mujer de 30, sólo sonríe.
Es una pequeña vivienda, alquilada. Adentro, cinco chicas jóvenes –estudiantes de cine- rodean a Ghiggia y le explican que quieren hacer una película sobre su vida. El campeón asiente.
Los muebles son baratos, pero todo está limpio y ordenado. Hay teléfono, heladera y un estéreo demasiado grande para lo reducido del lugar. Sobre la chimenea no hay fotos familiares: no hay imágenes de los dos hijos de Ghiggia ni de sus cuatro nietos. En cambio, hay un gigantesco retrato de él mismo, de la época en que era campeón del mundo, y una decena de plaquetas y pequeños trofeos que en todos los casos repiten dos palabras: Ghiggia y Maracaná.
Ghiggia no viste prendas de marcas italianas como los futbolistas uruguayos de hoy, pero no está mal vestido. Su ropa no será cara, pero es nueva, está limpia y bien planchada, y los colores combinan.
Físicamente, Ghiggia se mantiene impecable. Dice que todas las tardes sale a trotar por las tranquilas calles de Las Piedras. Hasta no hace tanto, todavía jugaba al fútbol de salón. Y se tiñe el pelo para que se lo vea tan negro como aquellos años, cuando jugaba en Roma.

Roma, 1953
“Fueron años de muy buena vida, en una ciudad preciosa, que me gustaba mucho, tanto la parte antigua como la nueva y la vi crecer. También fueron años de vida más notoria, menos privada, menos íntima, con el asedio de lospaparazzi, ¿sabés?, siempre arriba tuyo, v siguiéndote día y noche, pero sobre todo de noche, claro. Salías a medianoche y la tropa de paparazzi iba atrás tuyo. Y una vida también llena de tentaciones, brava, muy brava, bravísima”.
Así resumió Ghiggia sus casi diez años en Italia en una breve biografía que, en el 50 aniversario de Maracaná, editó el diario El País en forma de librillo. Allí contó que en Roma tuvo tres Alfa Romeo: primero una coupé Superligera, después una convertible, después una Julieta. Que iba al boxeo. Que en el Palacio de los Deportes vio a Cassius Clay coronarse campeón olímpico. Que iba mucho a Cinecitá. Que conoció a Ana Magnani, a Gina Lollobrígida...
No le gusta contar mucho más que eso. Si uno le pregunta por su vida romana, Ghiggia da respuestas breves y cambia de tema. En cambio, la historia del club Roma escrita por Franco Dominici le dedica muchas líneas a Ghiggia.
“Jugaba bien, era brillante, gustaba a la gente, pero no podía incidir de un modo decisivo. Tenía la majestuosidad natural de un campeón del mundo; se enamoró locamente de Roma, creyó que podría conquistarla con su dribbling; vivía días sin renuncias; días de larguísimas tardes, de horizontes lejanos, de infinitos espacios a conquistar.
Le gustaba ser el centro de la atención.
Ghiggia en la prensa italiana en 1954
(tomado del sitio www.asromaultras.org)
Inauguró un bar en la calle del Tritone y la plaza Barberini, comenzó una serie de inversiones equivocadas (...) Dejó la Roma después de ocho temporadas, 201 partidos y diez goles, pocos en verdad. ¿Alcide había decepcionado? Absolutamente no: que no era un cañonero se sabía, que era un refinado inspirador de juego lo confirmó también en la Roma. Pero había habido momentos difíciles, debido sobre todo a sinsabores de carácter familiar y a gruesas complicaciones en la actividad que había emprendido. Alcides, en suma, no era un sabio administrador de sí mismo, y no sabía tampoco escoger los consejeros, los amigos, los colaboradores. En Roma fue amado, devino muy popular pero no ciertamente rico. Al contrario”.

Montevideo, 1963Ghiggia volvió a Uruguay en 1963. Para ese entonces todos los campeones de Maracaná ya se habían retirado, todos menos él.
Sus excepcionales condiciones técnicas y físicas le permitieron seguir jugando hasta bien pasados los 40 años.
Franklin Morales dice que nunca volvió a ver un jugador de físico tan privilegiado. “Tenía las piernas muy altas, el tórax chico, era como un tentempié, era casi imposible de tirar, nunca caía. Su zancada era larguísima, era un galgo. Tenía, además, un coraje a toda prueba. Cuanto más le pegaban, más se agrandaba. Nunca volvió a haber un puntero como él”.
Ghiggia actuó en la primera división del fútbol uruguayo –en los clubes Danubio y Sud América- hasta el fin de 1968. Cuando se retiró faltaban apenas siete días para que cumpliera 42 años.
Al dejar el fútbol, Ghiggia tenía dos casas: una en El Pinar –un balneario- y otra en Montevideo. Pero no suficiente dinero como para no tener que trabajar. Los días de gloria habían terminado.
Como explicó el viceministro de Educación y Cultura cuando se supo del remate de la medalla, el Estado hizo con Ghiggia lo que ya había hecho con sus compañeros: le otorgó un empleo público, en los casinos municipales, donde el campeón trabajó hasta 1990, cuando se jubiló. También le concedió lo que en Uruguay se llama “pensión graciable”: una especie de subvención mensual que el Parlamento da a ciudadanos que la merecen especialmente. Hoy, entre la pensión y la jubilación, Ghiggia cobra unos 15.000 pesos por mes que, tras la devaluación que sufrió Uruguay en agosto, equivalen a 535 dólares. Es bastante más de lo que gana la mayoría de los uruguayos.
Ghiggia nunca ha dejado de tener esos dos ingresos, pero aun así ha tenido que vender sus cosas. Primero la casa en El Pinar. Después la casa en Montevideo. Después la medalla de Maracaná.

Las Piedras, 2002 
“Este hombre es un infierno con el dinero”, dice su esposa. La joven explica que ahora ella lo obliga a administrarse mejor. “Con los 6.000 dólares que cobró por el libro, le hice comprarse un auto, porque sino la plata se le va...”.
Autos y mujeres son dos pasiones que lo han acompañado siempre.
“Los autos siempre me gustaron”, dijo en su biografía. Y quienes lo han conocido dicen que el campeón siempre tuvo una gran debilidad por las mujeres.
Era jugador de Peñarol cuando se compró su primer coche, un Ford Prefect, que después cambió por un Ford B 8 y después por un Pontiac, que era el que tenía cuando conoció a su primera esposa en la rambla de Montevideo.
Con ella se casó en 1952 y juntos fueron a Italia. Un periodista del diario Il Mattino recordó la impresión que causó la belleza de la esposa de Ghiggia al descender del avión (“una stupefacente moglie creola”).Luego vino la etapa de los Alfa Romeo y algunos problemas.
Ghiggia fue acusado de haber seducido en un auto a una menor de edad y, aunque terminó absuelto, tuvo que rendir cuentas ante la justicia italiana. Ghiggia ha dicho que se trató de una burda maniobra para sacarle plata.
Al volver a Montevideo se divorció. Sus dos hijos –que no se quedaron a vivir en Italia como creen muchos uruguayos- nacieron de ese primer y trunco matrimonio. Pero no quieren hablar de su padre. Su hija Lilián, dueña de una clínica de belleza, rechazó tajantemente la idea de una entrevista. Dijo que ella y su hermano Arcadio y su madre nunca hablaron con la prensa y jamás lo harán y, muy molesta, cortó el teléfono.
Ghiggia se volvió a casar y enviudó en 1992. En el 96, en un coche-escuela, comenzó a darle clases de conducción a una jovencita. Los dos dicen que se gustaron y decidieron vivir juntos. Después se casaron. Y ella le aconsejó volver a comprarse un auto. Usado, claro.

Rio de Janeiro, 1950
En los últimos minutos del Mundial del 50, Ghiggia enloqueció a los brasileños, ante el silencio de un Maracaná que ya presentía la tragedia.
“Bauer atrasa para Juvenal. ¡Pelota para Ghiggia! Recibe en la punta derecha. Camina lentamente. No tiene ninguna prisa. Está ahora aquietando el juego. Viene Bigode. Danza Ghiggia sobre el cuero. Para acá, para allá. Continúa la pelota en los pies del puntero del Uruguay. Eludió a Bigode y entregó a Julio Pérez, que devuelve a Ghiggia...”
Cuenta Morales en su libro que el técnico uruguayo, desesperado, tuvo que pedirle que por favor no atacara más, que ayudara a sus compañeros en la defensa. Dicen que el entrenador dijo:
-Este loco quiere hacer el tercero.
Cuando terminó el partido, Obdulio fue a buscarlo y lo levantó en andas. El periodista Antonio Pippo, autor de una biografía del capitán uruguayo, cuenta que, pese a su proverbial parquedad, Obdulio le dijo dos veces:
-Si no era por Ghiggia ese partido no lo ganábamos nunca.
También Schiaffino, el más exquisito de aquellos campeones, afirmó lo mismo en una entrevista que hace un año le hizo el diario El Observador.
-¿Cuál fue la diferencia entre ustedes y los brasileños?
-Ghiggia. Jugó brillante. Su juego fue imponente. ¡Ah, fue una cosa increíble! Se comió a todos los que lo marcaban... Ghiggia era chiquito pero duro, y cómo corría...
Sin duda, los brasileños han sido más justos en reconocer su enorme mérito que los uruguayos, que siempre creyeron que aquel triunfo tuvo más que ver con la “garra charrúa” que con jugar bien al fútbol (y así nos ha ido).
Los brasileños, en cambio, con dolor aprendieron la lección correcta.
Ghiggia cuenta que la última vez que visitó Brasil, en el 2001, su pasaporte fue controlado por una joven, de unos 25 años. La muchacha vio su nombre y se quedó muda durante diez eternos segundos. Después le preguntó:
-¿Usted es Ghiggia?
-Sí.
-¿El de la final de 1950?
-Fue hace mucho tiempo...
-Sí, pero a nosotros todavía nos duele en el corazón.

Las Piedras, 2002
Hoy Brasil es el campeón del mundo. Pentacampeón. La esposa de Ghiggia lleva a las estudiantes de cine a conocer los lugares donde filmarán la película. Ghiggia se sienta en uno de los sillones y advierte que él las entrevistas las cobra.
- A los periodistas de Montevideo no les doy entrevistas porque no quieren pagar. Dicen que no tienen plata, pero a las figuras del extranjero sí les pagan. Además, acá han venido de Argentina, de Brasil, de Perú, de Norteamérica y a todos les cobré.
Es cierto. Un cineasta que hace un par de años llegó para filmarlo como parte de un documental sobre los más grandes futbolistas de toda la historia, le pagó 6.000 dólares. Pero yo le explico que este artículo es para una revista colombiana muy prestigiosa, que es una oportunidad para mí, y Ghiggia me dice que esta vez hablará gratis:
- No quiero que te pierdas una oportunidad de publicar un artículo en el extranjero. Pero decile a esa gente que Ghiggia siempre cobra.
- ¿Tiene problemas de dinero?
-No, yo no me quejo. Cobro la jubilación del casino y una pensión graciable que nos dio el Estado. Como está hoy el país, uno no puede pretender que le den más.
-¿Siente que los uruguayos ya no valoran lo que usted y sus compañeros hicieron?
-Uruguay se olvidó de Maracaná, sólo se acuerdan los 16 de julio. Pero no me importa. Yo sé lo que hice y lo que dejé de hacer. Con mi país cumplí.
Ghiggia se ríe. Explica que nació antes de tiempo, que si hubiera jugado en Italia en estos años sería millonario. Pero dice que no le molesta, que no extraña la fama ni el dinero, que sólo quiere vivir tranquilo. Lo que sí le molesta es que se metan en su vida personal. Que digan que está en la miseria. Que escriban que tuvo un bar en Italia. Que informen que remató la medalla de Maracaná. “Eso es mentira. El periodista que escribió eso no me llamó. Si me llamaba le muestro que tengo todas las medallas acá”.
(La verdad es que la medalla sí se remató y también la tiene Ghiggia. “Es una historia triste, muy delicada, sobre la que preferimos no hablar”, dijo un funcionario de remates Gomensoro, la firma que realizó la subasta. Pero confirmó dos cosas: que el remate se hizo y que quien compró la medalla se la volvió a dar a Ghiggia. Después de todo, el campeón de Maracaná es él).
Ghiggia prefiere hablar de fútbol, de su carrera, del famoso Peñarol del 49, del gol en la final del 50, de cómo casi no festejó en Maracaná porque se fue rápido a duchar, inconsciente de lo que acababa de protagonizar, de cómo se adaptó al fútbol europeo...
-Jugué hasta los 42 años...¡y pensar que dicen que hacía mala vida! ¡Cómo alguien va a jugar hasta esa edad si hace mala vida!
-Pero sí le gustaban mucho las mujeres.
-¡Y a quién no le gustan las mujeres! Yo no era mujeriego, pero uno era joven, se vestía bien...
Las jóvenes aspirantes a directoras de cine están de vuelta. Ghiggia las recibe con una sonrisa y un chiste. Dice que acaba de cobrarle 1.000 dólares al periodista y que ahora es el turno de ellas.
La entrevista termina. Ghiggia nos acompaña a la vereda. La última pregunta es para saber por qué no fue al entierro de Julio Pérez, otro de los campeones, fallecido apenas unos días atrás. “Estuve en el velorio, pero los entierros no me gustan”, dice. No puede saber que una semana después se irá otro de los “leones de Maracaná”, Eusebio Tejera.
Mientras se despide, pasa una chica del barrio y Ghiggia le hace una broma. Luego vuelve a su casa. Para entrar tiene que subir una pequeña escalera. Lo hace con ágiles saltos, casi corriendo, como queriendo demostrar que sigue siendo aquel puntero imposible de alcanzar.
Entra. En el pequeño living está el gran retrato de cuando era campeón del mundo.



Artículo publicado por Leonardo Haberkorn en la revista colombiana Gatopardo, en 2002. Incluido en el libro 9 Historias Uruguayas.  También forma parte de Para gritar, para cantar, para llorar, una antología sobre los mundiales de fútbol editada en 2010 por la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile) y la editorial Uqbar.
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